Guillermo Abenuz
jueves, 3 de mayo de 2012
Para los amantes
Para los amantes
“Para los amantes, el cuerpo piensa y el alma se toca, es palpable”
Octavio Paz
En las historias de amor, éste, como el rocío del amanecer, se evapora con los primeros rayos de un sol incandescente, dejando el resto conjugado, que, formando delicadas gotas, estas se deslizarían por los tallos finos de las flores y serían absorbidos por la Tierra y su milenaria sed.
Serían las nubes inalcanzables que acogerían esas lágrimas amargas, ya evaporadas, que Valentina derramaría por Ravel y el amor fútil que juntos construyeron y éste estaba destinado a terminar, pues Ravel se negaba al amor puro que le ofrecía Valentina e iniciaría una tortuosa búsqueda de placer. Empezaría por seducir a Thaliba, su reciente novia la cuál en un cinismo etílico confesó un desamor y falta de todo sentido en estar juntos. Cuando Valentina cedió al juego del amor todo le pareció entonces bello y natural. Amaría a Valentina y aceptaba las condiciones tácitas de iniciar una relación que ya estaba fortalecida por una gran amistad que causaba la convivencia escolar. Estaba implícito también que Ravel en su flirteo constante con ella y todas sus amigas. Prácticamente tenía un encanto natural que fascinaba a las mujeres y las tendía a sus pies y así despreocupadamente besaría a todas las mujeres hermosas incluyendo la mejor amiga de Valentina, Paola, quien fuera partícipe de este juego prohibido, donde pretenderían ser amantes. Y así Ravel se despedía del Paraíso, mordiendo los labios abultados de Paola, candorosa, coqueta, amistosa. Así olvidaba la moral tocando sus senos pubescentes, palpando su sexo húmedo. Nunca tuvieron que tomar una decisión para estar juntos. El candor de Paola no podía pasar desapercibido al igual que su belleza la cuál floreció casi de la noche a la mañana. En la misma convivencia de una adolescencia fastuosa llena de diversión y entretenimiento, de convertir deseos en realidad. Ravel comenzaba a creer que podía habitar un mundo que le era benevolente en todo sentido. Y así continuo con sus delirios platónicos mientras probaba el sexo de Valentina y la llevaba al éxtasis. Y Ravel se sentía el director de una orquesta de caricias. Valentina no sólo se entregaría en cuerpo y alma. Juntos abrirían el portal de un libertinaje al cual Ravel ya era adepto. Los instrumentos de caricia serían sus manos casi con vida propia. Y tocarían a Valentina en el lugar, la intensidad, la rapidez y la diligencia exactos para producir en Valentina intensos orgasmos sin penetrarla. Esta práctica sería natural en él y la utilizaría en todos sus momentos de pacífica, liberadora, altamente adictiva hacer de el amor con todas las mujeres a su alrededor. Siempre lleno de adrenalina y una sensación de cometer una travesura que pudiendo ser indecente, sería como un secreto. Las mujeres de Ravel serían sus cómplices de los cinco minutos de fama que todo ser humano debe experimentar si se tiene a la familia adecuada. Principalmente unos padres proveedores de todo tipo de atenciones materiales, emotivas y amorosas que un ser humano puede anhelar. Pero sucedía que gustaba de convertía a los ángeles en seres adictos a sus ingenuas y divertidas formas de ceder al Deseo que sólo pedía sus almas a cambio. Y Ravel en su embeleso consentiría a perder su alma a cambio de poseer a las Musas en su desnudez casi obscena. Obtendría consuelo en las que por alguna razón no causaban ese arrobamiento pero aún así acariciar sus cuerpos curvilíneos para después poseerlos sin contar el tiempo, esos cuerpos tenían la cura a su poca fe. Ravel era un ser débil que no encontraba sentido a lo que hacía. Y entonces decidió actuar radicalmente en algunos aspectos incluso cuando Valentina era su novia oficial y todos la reconocían como tal. Ravel retó una vez más al destino al desear a Paola. Empezó a fijarse en ella y visitarla en su casa que estaba cerca de la suya. Y después de establecer un código donde todo es claro y es correcto se irían infiltrando toda clase de conceptos con alto contenido erótico. Y así normalmente Ravel amó a Paola de todas las formas posibles sin penetrarla. Ravel llevaría su platonismo y su voyerismo a tal grado de no penetrar mujeres como si usando el cerebro su cuerpo indispuesto en un congelamiento y con una voluntad débil ignota de la victoria del placer y también ignota a la hiel de sus desvelos solitarios tomaría aquello de lo que está compuesto el Cosmos y como si leyéramos el futuro con nuestros coqueteos para estar de acuerdo con lo que iba a pasar, comulgábamos al permitir que nuestros sentidos nos poseyeran y encontrar un frenesí al besarnos y tocarnos y es así que olvidando las palabras y cualquier otra cosa nos dejábamos llevar por esa adrenalina que siempre perduró aún años después cuando en muchas ocasiones intentaron hacer el amor pero todo quedaba en un toqueteo intenso. Sólo con Paola, un ángel terrestre Ravel falló en su intento de llegar de lo sublime a lo aberrante. Pero parece que fallar a veces significa nada en una relación que pudo llegar a la sodomía pues no hay placer sicológico más exquisito que convertir a una mujer en sodomita
Incluso Valentina era presa de su bestial acoso. Su acto sexual fue de lo de sublime a lo más pedestre.
Ravel sería un perturbado sexual que llevaría a vírgenes a cometer actos igual de perversos que en las grandes orgías romanas. Por su sangre corría la decadencia, el desinterés de la calidad humana. Hay excelencia y superioridad entre los humanos. Los que son fieles a sus principios y deciden que un capricho puede llevarlos al Infierno Terrenal y ese capricho se convertiría en un ansia por devorar a besos a las dueñas de sonrisas tan hermosas y discursos traviesos como el de Paola que eventualmente llevaron a entregarse con toda devoción. Paola la dueña de esa sonrisa tan abierta y todas sus oquedades para ser horadadas hasta el cansancio, si él hubiera querido pero se contuvo acariciándola secretamente omitiendo las verdades que apagarían la pasión ahora invocada. Nunca olvidará cuando comenzaba a invadir zonas de su cuerpo cada vez más íntimas, cada vez más cálidas. Pero claro todo empezó siendo amigos, al igual que Paola, al igual que Mariana. Los cuatro eran partícipes de la maquiavélica pero muy natural experiencia de conocerlas íntimamente. Era solo su sexo, sus besos, su agradable compañía. Ravel decidió que esa vida llena de todos los deseos cumplidos tomara el control. No se aferraría a nada. Ni antes ni después ni nunca. Ravel pasaría los años sintiendo el éxtasis que le ofrecía su cuerpo al abrazar aquellas figuras magníficas de la Creación. Encontraría diferencias plausibles entre Valentina y Paola y en esas diferencias encontraría también mayor valor a los atributos de cada una de ellas.
Mientras Ravel explotaba en sensaciones de cálida y embriagante lujuria, sellaba su destino al aceptar su origen terrenal e imaginar el de Valentina como divino. Enervado, Ravel probaría ambas mieles, la de Valentina con más vehemencia y veneración, las de Paola llenas de adrenalina y ansia por lo desconocido. Ambas se entregarían en cuerpo y alma a los caprichos, deseos, compulsiones, aberraciones, arrebatos, impulsividades. Y todo empezaba con solo rozar su piel, probar sus bocas. En ambos escenarios había una bruma de ensueño enervante que hacía olvidar todo lo que rodeaba. Hasta la fecha Ravel vive con la mediana obsesión que le ofrece una pasión un tanto más descolorida, de la piel para afuera, el alma intacta y aún así compulsivo, busca vivir ese ensueño. Al no huir a sus labios abultados y su sexo empapado. Su alma gitana no hubiera cumplido su destino de amores y desamores. La travesía de viajar y conocer otras mujeres le daba sentido a su separación pero eso sucedió siete años después cuando Ravel tenía veintiocho. En la playa soñó despierto y sucedió que entendió su gusto por mujeres de otro país. Aunque conoció una morena de rasgos muy finos y cuerpo núbil al que se le podía hacer el amor cinco veces en toda la noche. De hacer el amor despacio, previa y prolongada estimulación oral y sólo entrar y salir una docena de veces para encontrar a Barbie con quién tenía sexo porque lo buscó y lo encontró. Con ella experimentó otra clase de relación. Más madura aunque ella tenía veintiuno y él veinticinco. Una relación relajada, sin drama. Sin dobles intenciones. Se prodigaban lujos como ir a hoteles, fornicar en el bosque mientras se inundaban los pulmones de aire limpio. El tiempo que pasó con ella fue parte de un despertar sexual que ahora es parte de los vicios de Ravel en la actualidad.
Valentina es una mujer extraordinaria. Esbelta, de miembros largos y níveos. Cuando la besaba, acariciaba sus pechos, la tocaba donde nadie nunca y sus mejillas se inyectaban de un rojo carmesí contrastando con su bello rostro de porcelana. Para Ravel, hacer el amor a Valentina era como leer una novela erótica, llena de pausas misteriosas y aún así después de un corto tiempo no era todo el placer lo que lo satisfacía. Con Valentina experimentaba algo que lo electrizaba a mil voltios. Suficientes para calmar su ansia momentáneamente. Sus manos tibias acariciaban esos senos tibios y en el cuerpo menudo de Valentina había formas de excitarla. Si pasaba su mano por detrás de su cintura. Sentía la curvatura de sus prominentes nalgas, donde más abajo había un panal con miel. Una vulva húmeda que creaba una electricidad inusual. Ravel descubrió, manejó y dominó la forma de provocar orgasmos en Valentina, empapar a Paola y besar a mujeres y tocarlas para convertirse en un esclavo de sus propias pasiones.
En algún momento, Ravel desesperó pues sabía que estaba por encontrar algo. Pero no sabía con exactitud qué era. Aun así buscó y buscó incluso llegó a seducir a Paola, mejor amiga de Valentina. La sedujo como en un juego y sin remordimientos. Y ella se entregó a la vorágine erótica y poco a poco fue develando sus secretos. Ambas se entregaron en cuerpo y alma, pero para Ravel no fue suficiente.
La vida de Ravel con Valentina era exquisitamente aderezada por la esencia de Paola y muchas otras mujeres más. A las cuál sólo besó y acarició sin tanta vehemencia y sin pensar en la perfección como cuando estaba con Valentina.
Fue una niña hermosa e inteligente, de cuerpo curvilíneo de piernas largas. Cuando la amaba era tanta su ansiedad por acariciarla y besarla que olvidaba todo. Muchas tardes después de asistir al Colegio pasaban horas besándose y acariciándose. Cada beso los transportaba a otra realidad. Otra realidad donde sólo existía el placer.
Los días de preparatoria eran mejores juntos, riéndonos, volviéndose cada vez más cercanos Siempre rodeado de amigos. Deportista, saludable, siempre de buen humor aunque una incógnita corroía su conciencia y se convirtió en un delirio donde mucho tiempo después Valentina todavía se le aparece en sueños con unos ojos fríos, inexpresivos. Unos ojos que antes y en la realidad se aparecían radiantes. Con un café de madera brillosos. Pero Ravel es consciente de que no era ella. Era el demonio de su recuerdo que lo persigue y él dolorosamente huye a los brazos de las mujeres para soliviantar su dolor. Pero ninguna como Valentina. En los brazos de ellas, las mujeres, en sus labios, ahí está la felicidad pero se evapora y entonces hay que encontrar nuevos rumbos. Nuevas mujeres pero ninguna como Valentina. Que aparece en los sueños todavía ahora de casi veinte años. Sólo Valentina. La belleza inasequible de Valentina que se perdió en la congruencia de la vida y cuando Ravel fue consciente de la gran broma que le jugaba el destino. Se derrotó. Ravel en el delirio de un desamor, sufre en silencio. ¿Qué importaba que Valentina lo amara? Si todo tiene un fin. ¿Qué importaba su propia vida? Si pronto terminaría el placer y vendría el dolor. Un dolor que dejaría a Ravel al borde de la locura. Tal vez todo estaba planeado así y los recuerdos tan bellos le servirían a Ravel para confiar en el Mundo y pensar que sólo tal vez, en algunos instantes pudo sentir el infinito cuando besaba los alargados labios de Valentina. El infinito en sus labios. La cura de todos sus males. Pero que iban a saber dos adolescentes, curiosos de cuan hermoso puede ser pretender amarse, envueltos en un ambiente de escasa luz que se filtra por las persianas, inmersos en un éter de ensueño donde sus emociones los enervan. Están ebrios de pasión. Valentina lo miraba con unos ojos profundos, era fácil saber qué es lo que pensaban esos ojos de iris café como caoba recién pulida, encantadores al igual que el conjunto de su rostro con su boca de labios delgados y alargados. Siempre amistosa y cariñosa, dándolo todo sin pedir nada a cambio solo ser amada. Y Ravel la amaba inconscientemente, mientras deleitaba sus sentidos con su exuberante cuerpo, de cintura pequeña, huesos largos en piernas y brazos cubiertos por una piel marmórea, salvo en las aureolas, de un rosa tan sutil que fácil sería pensar que el color desaparecía en al blancura y el aroma de su seno es único. El aroma de su sexo era tan embriagante como ninguna fragancia existente. Tal vez fue demasiada belleza y Ravel ascendió a un nivel diferente de humanidad. El cielo y el infierno escondidos en sus cuerpos, tan volátiles como el perfume de sus pieles, tan dulce como la miel y tan embriagante como cualquier licor. Y las amó a las dos infinitamente, en todas las formas posibles. Menos como aman los hombres. Con los pies en la Tierra.
Su vida actual desorganizada, llena de contradicciones e incoherencias lo orientaría a olvidar quién fue.
Conocería muchas mujeres antes y después de Valentina pero ella su primer amor le mostraría la verdadera cara de porque un hombre lucha. Paola aderezaría su relación con Valentina. Se convertiría también en un paliativo por encontrar lo que alguna vez tuvo con Valentina. El Todo prohibía en secreto que Ravel amara las caderas de Valentina aunque en ellas se escondiera lo más místico y embriagante. Se aprendería de memoria ambos cuerpos. Encontraría en ellos la forma de llevarlas al éxtasis. El de Valentina espasmódico, liberador, real. Valentina mordía sus labios cada que Ravel la llevaba al cielo con su boca. Probando su sexo virginal del cuál manaba esa fragancia. Sus cálidas palmas moldean con delicadeza ahora los senos, ahora los glúteos, se pasean por espalda, abdomen, piernas. En algún momento dado las caricias suben de tono y se centran en abrir esa bella flor, aromática, desconocida y conocida a la vez que es su vulva, húmeda tan maravillosa como descubrir el secreto de la vida, incubando entre esos pliegues de carne. Siempre fue un jugueteo primero. Besos tan largos como una vida. Besos donde se entregaba el alma con los ojos cerrados para observarse con mirada cómplice de amantes eternos.
Y poco a poco las fue penetrando en mente y en cuerpo para descubrir que una mujer enamorada lo da todo. Pero Ravel inconforme buscaba un alma, pues la suya había sido robada. Ravel explotaba en sensaciones de cálida y embriagante lujuria mientras que el destino le tenía preparado algo muy especial. Ya que Valentina le amaba hasta la locura y él en lugar de tomar su papel como hombre y pelear por lo que le pertenece, prefirió traicionarla al amar también a Paola. Algunas veces pensó en que su vida hubiera sido más sencilla si sólo se hubiera enamorado de Paola. Si tan sólo le hubiera dicho la verdad. Una verdad tan simple como saber que pertenecían a mundos diferentes. Que Paola era más real en el mundo de Ravel. Un mundo con más imperfecciones y más contradicciones que el de Valentina que se mostraba todo surrealista, platónico, prohibido, concupiscente, pletórico, sibarita donde Valentina tenía que vivir pensando en cuando acabaría todo aquello tan pletórico y Ravel decidiera irse a llorar su duelo, aunque lo disfrazara de éxito y seducción y Valentina lloraba a mares tratando de encontrar algo en alma de Ravel pero él se empeñó huir hacia esa Nada. No sentía remordimiento. No sentía arrepentimiento. Y hasta la fecha, su único demonio es el recuerdo de que algún día tuvo en sus manos a un ángel. Y prefirió huir hacia la soledad. El final inevitable se creó de la nada. Mientras él contemplaba impávido como sus deseos se convertían en realidad de un día para otro. Un día era ese adolescente extrovertido, idealista, controversial y el otro día era el adolescente más codiciado de todo el Colegio. De pronto la chica que a todos agradaba quería estar cerca de él. Muchas chicas, demasiadas, incontables pasaban a su lado suspirando mientras Ravel se pasaba de largo, despreocupadamente.
Su mundo estaba constituido por su familia, el deporte y leer, etc. y un día dudó y entonces lo que su corazón gritara, su mente lo callaría. Amaba a Valentina con cada célula de su cuerpo pero no era consciente de ello. Sabía que si besaba a Paola o a otra mujer estaría traicionando algo sagrado de lo cual Valentina y él nunca habían hablado. Pero todos hablamos el lenguaje del corazón y en ese discurso empezaron a colarse las mentiras y mientras mentía con la respiración entrecortada, Ravel, recorría ese bello y blanco cuerpo de Valentina, adorándolo con cada caricia. Un despertar erótico que duraría un cerrar de ojos. Las caricias que se van pronunciando impulsivas al igual que las palabras. Llegan a los oídos como un murmullo, como frases incompletas que juegan a seducir. Mientras que con Valentina se sorbían sus cálidos alientos y se tocaban cada vez más íntimamente y Paola se entregaba completamente y Ravel se detenía. No se dejaba llevar tanto como con Valentina. Con Paola tendría sensaciones más terrenales por así decirlo. Mientras que con Valentina alcanzaba el cielo sin saberlo, sellaba su destino con los besos prohibidos que le prodigaba a Paola. Mientras más se detenía el tiempo, su cuenta con la soledad aumentaba. Hubiera sido momento de aclarar las cosas. Siendo consciente de su debilidad de espíritu, hablaba con Valentina externando su gran aversión a la rutina. Ravel sabía que no merecía a Valentina, pero más que merecerla debía construir una vida digna para ella. Pero lo confundió el Deseo. Valentina se aferraba a su amante con locura y aunque se decidió varias veces alejarse siempre volvían las promesas, el arrobamiento los cegaba pues tocarse y acariciase los transportaba a un lugar donde no había dudas, ni miedos, solo la seguridad de que juntos el mundo era cosa aparte.
Los pezones rosas de Valentina despedían un aroma exquisito, diferente, tenue. Sus aureolas eran grandes e hinchadas considerando las proporciones, pues sus pechos eran menudos y firmes. El tocarlos hacia que ambos experimentaran sensaciones extasiantes. Ya eran novios formales pero aun eran inexpertos y espontáneos y el solo estar juntos hacia que todo pasara a segundo plano. Se acariciaban en el cuarto oscuro de la casa a medio construir que sus papas habían comprado en una zona lujosa alejada del bullicio que ya se empezaba a formar en la parte norte del estado de México, una zona boscosa que olía a humedad y que aun años después ese olor a humedad combinado con el frio traería recuerdos de sus encuentros con Valentina, donde encontraba el calor suficiente para olvidar todo en su cuerpo casi amazónico. Se besaban hasta que los labios dolieran. Sus besos eran profundos y narcotizantes. Cada que se tocaban, sus cuerpos hacían una promesa al deseo de entregarse y fundirse como uno, la promesa era suficiente para llevarlos a otra dimensión que se anunciaba con el advenimiento del embargo; el embargo del éxtasis. Enarbolados en caricias, con los miembros exangües entrelazados, contemplando el infinito con los cinco sentidos, el tiempo perdía su autonomía mientras sus cuerpos se entregaban a la voluntad del deseo.
Era la primera vez que Paola y Ravel estaban en una habitación de motel para tener sexo. Tiempo después de su rompimiento con Valentina. Beberían una botella de vino tinto. Apuraban los tragos entre bromas y confesiones de amigos. En más de una ocasión pasaban de besos a las caricias, de las caricias a intentar hacer el amor, los dos eran vírgenes, inexpertos y hubo muchas ocasiones para después de probar el sexo de Paola con la boca, pudo haberla penetrado, encerrarse en esa cárcel elástica y llevarla al delirio. Pero no lo hizo. Al sublimar su primera experiencia erótica dejó a un lado el sexo pues sería una experiencia banal y por mucho tiempo desarrollo un rechazo natural a ese tipo de experiencias. Aún así la tuvo en el hotel. Rápido, mecánico, insípido. Así entonces accedió a ese tipo de experiencias, más planeadas pero todavía no había llegado su madurez sexual. Siempre recordaría como sería casi amarla como cuando una vez estando los dos en su casa, su padre llegaría del trabajo y la madre entonces iría por él. En cuanto se fue los dos subieron al cuarto de ella. Empezaron a besarse y el momento los sorprendió y estaban acariciándose con frenesí. Al acariciarla entre las piernas percibió humedad en demasía, sus cuerpos pedían más y cada vez más pero serían unos años después cuando por fin consumarían su prohibido y espontáneo amor. Esa vez en el hotel, ya desnudos tomarían vino tinto y Ravel no podía dejar de acariciarla, le daba demasiada importancia a las caricias, a no tener prisa y su proceder contribuiría a disfrutar las bondades de Paola, que se prestaba al juego totalmente receptiva.
Valentina es una chica inteligente, que siempre gusta de la compañía de sus amigos y familiares. Teniendo una doble nacionalidad, norteamericana y mexicana, tendría en casa unos padres intelectuales, los dos profesores de una prestigiada Universidad pública. Al conocerse, Ravel no podía dejar de observar su trasero prominente que sobresalía de su esbelto y espigado cuerpo de tez blanca que tiempo después se tiñería con un rojo manzana en las mejillas. Los colores eran profundos, rosa pálido en aureolas, vagina, boca, un café limpio, brilloso en sus grandes ojos, negro para su cabello sedoso y un aroma inigualable, angelical cada que estaba con ella se sentía tan afortunado que su mente le jugó un truco muy bajo, sabía que era tan perfecto que no duraría así que abandonó la esperanza o más bien la esperanza lo abandonó, lo colocó a la deriva en una vida prestada donde no era protagonista solo espectador, así que solo tenía una motivación: el placer. Tiempo después reconocería que amó mucho a esa mujer pero era tanto el placer que le provocaba estar con ella que su mente se nubló y jamás peleó por conservar ese, su primer amor, perdido en el delirio del placer. En cambio ella se entregó en cuerpo y alma. Su mundo era solo él y al no tenerla Ravel la veneraría como a una Diosa por el resto de su vida, vacía de emociones que después de muchas noches delirantes lo empujarían a viajar, a dejar atrás esos recuerdos tan felices para encontrar refugio en los horizontes, en la mar, en las montañas, la nieve, los amaneceres, las lunas llenas, la arena, la noche. Conocería la más absoluta soledad en compañía de los recuerdos, en el mejor de los casos, pues los sueños traerían consigo tal carga emocional que al despertar casi percibiría el aroma de su piel, su mirada que lo emancipaba de la vida para embriagarlo con la dulzura de su intimidad evaporándose en la boca como probar un fragmento de cirro, de caramelo derretido que la inundaba por dentro y se regalaba al menor contacto. En la piel de Valentina encontraba la cura a todos sus males, encontraría el refugio que jamás encontraría en los paraísos naturales, en las peligrosas aguas de los mares más recónditos o a la luz de la luna, meciéndose entre las olas. Así todo el cosmos contenido, explotaba en un incendio que los cegaba con partículas invisibles, los dejaba vacíos y con el corazón resplandeciente, mientras ellos se abandonaban al placer el tiempo perdía su autonomía y se convertía en algo exangüe como el listón que cae luchando con la débil atmosfera que lo sostiene. Su divinidad y su humanidad dependían de un beso y era tan evidente su fusión eterna que encontraban la forma de huir para perderse en la congruencia de la vida y evitar la trascendencia. Tenían miedo al amor como se tiene miedo a la muerte. Valentina se aferró al amor como Ravel se aferró al desamor, pues todo se acaba y de alguna forma inmortalizó el sentimiento que Valentina despertaba en él, convirtió en una leyenda personal lo que en cualquier caso sería una vida normal, de pareja. Su novia, su compañera sería elevada a Musa Pérdida y resignado, al poseerla, lo hacía a medias y luego la dejaba ir pero ella volvía con más fuerza, convencida de que era amor verdadero y de alguna forma se obsesionó también con el paraíso perdido y Ravel convertía ese paraíso en un desierto donde la mas mínima gota calmaría su sed aunque a su lado tenía un manantial del cual manaba luz líquida infinita. En las hendiduras más intimas del ser, en su figura curvilínea abundante en carnes donde era necesario, en su femineidad de floreciente erotismo, en la suavidad de su piel que parecía eterna, en la calma de su cálido abrazo se encontraban los mismos motivos para vivir que para morir, un instante era una eternidad y al abrir y cerrar los ojos ella ya no estaba, su mirada era fría y al convencerla de su banalidad, al quitársela de encima, de eclosionarse, cometía suicidio emocional, el vacío que quedaría sería enorme y ningún remedio al menos terrenal aliviaría su aflicción. Y de ahí en adelante todo sería parte de la mediana obsesión.
Roger apareció en sus vidas, les extendía una invitación para disfrutar del ambiente nocturno en un lugar llamado “El fin del mundo”. Tanto Ravel como Valentina tomaron la invitación un tanto fuera de lugar pues ambos estaban fuera de ese mundo vertiginoso, lleno de alcohol, cigarro y música ruidosa. Sus fines de semana eran un tanto aburridos pues las pocas fiestas a las que iban eran por parte de los amigos del club deportivo al que asistía Ravel casi por obligación y para Valentina las fiestas eran en restaurantes, con sus familiares que comían y bebían hasta el hartazgo. Para Ravel, la invitación de Roger pasó desapercibida pero tenía un contexto de subterfugio pues Rogelio vería la oportunidad de conocer a Karma, hermana de Ravel, pero curiosamente primero quiso ganarse al cuñado. Mucho tiempo después se devanaría el cerebro meditando acerca de que tan maquiavélicos pueden ser los seres humanos para lograr sus fines y dudaría de la amistad que tuviera con Rogelio tanto así que sólo cuando se casó con Yan experimentó un alivio pues solo en la adultez los dos tendrían la amistad que alguna vez pudo nublarse gracias a la bizarra triangulación entre ellos y Karma. Roger no sería el último mejor amigo de Ravel, que pretendiera a Karma, también lo estarían Jovi y Thiago. Con este último, Ravel compartiría muchos momentos de amistad que verían un final en cada discusión, en cada lágrima de Karma, en cada desazón de su relación. Terminaría encontrando la verdad absoluta de la inconformidad innata, dueña del destino que habría de marcar la vida de Karma y de Ravel. Sujetos a fundamentos existencialistas y pesimistas los hermanos despojaban de virtudes a la virtud misma, encontraban el inexistente defecto en la perfección para convocar al ciclo eterno de encontrarse y perderse, de amar y odiar, de tomar y dejar, de vivir y olvidar. Y en el ir y devenir algunas palabras se perdieron o quedaron impronunciables. Errando y confundido Ravel vivía una nebulosa realidad donde los sueños y los recuerdos se iban desvaneciendo. Ravel se convertiría en un soñador. Soñaba con las bondades de la juventud, escondidas en los cuerpos vibrantes de todas las mujeres que amó, que se regalaban a media luz mientras el deseo agonizante consumía a ambos, como cuando Karma invitó a sus amigas de la escuela y empezaron a tomar y conoció las formas voluptuosas de Helga o en ese murmullo se acercó a Thaliba para besarla y apenas aplacar su erección presionándose contra su pequeño cuerpo o probar la boca de Nuria e imaginar sus formas o besar a Mariana, besar, besar, besar, al parecer el pecado entró por su boca. Aun así se reservó a hacer el amor con Valentina exclusivamente, aunque tuvo decenas de oportunidades las dejó ir y no se acostó con nadie más hasta años después que tuvo a Paola y sentía su interior anillado y ajustado, escuchando sonoros gemidos de su pequeña garganta.
Después de un proceso que duró cuatro años. Valentina esperaba entrar a la escuela de medicina y Ravel estudiaba mercadotecnia, hubo una vez donde Ravel quería visitar a Valentina y ella no pudo porque estaba estudiando. Ravel rabiando le dijo que nunca más quería saber de ella y así por teléfono terminarían con la relación. Todavía se vieron un año más, el año del duelo y las palabras ya no la tocaban, soñaba que se cerraban puertas tras ella, soñaba con su mirada fría, se había acabado esa sensación de infinito que respiraba de su aliento, el sublimar los actos más ínfimos y ser cómplices noctámbulos. Aún así se tocaban y Valentina fría alababa las caricias que fueron siempre tan íntimas, siempre encontrando el punto exacto. Pero ahora prohibía su boca. Cerraría su boca para solo ofrecer su cuerpo. Los últimos encuentros con Valentina fueron memorables. Incluso ahí sin besarla se encendían las pasiones hasta hervir los dos. Pero ahora sabía que la había perdido y vivía en la inconsciencia extrañando lo que sería el congenio con su alma gemela. La llamaba musa y se sometió a un psicoanálisis exhaustivo tratando de olvidarla, de colocarla en algún lugar de su cerebro, de su corazón donde no sintiera dolor, un dolor obvio y funesto que le hacía ver su realidad de perdedor anhelando obsesivamente un pasado que jamás iba a regresar. El abrazo de Valentina lo envolvía en luz, imaginaba esa burbuja impenetrable y el primer contacto le indicó que sería la mujer de su vida, sólo reposó su cabeza en el regazo de Valentina, cuando aún eran amigos para que tiempo después sus cuerpos aprendendieran a explotar en un remolino sensorial y todo iniciaba con solo tocar su piel…
domingo, 18 de septiembre de 2011
La caja fuerte
En medio del bosque, no muy alejados de la ciudad de Bremen, yace el cuerpo inerte de una mujer.
Tiene ojos verdes como de cristal, parecidos a dos grande esmeraldas inmóviles. En su piel hay una ausencia de color en absoluto. Es tan blanca como una escultura de mármol. Está cubierta de lodo, hojarasca y los insectos empiezan a hurgar su cuerpo desnudo.
Lo que queda de su cadáver comienza a ser mordisqueado por decenas de ratas. Un escarabajo baja por su cuello para encontrar el pecho abierto de par en par. El rocío de la mañana gris que gotea de su nariz, de sus pezones matizados apenas por una insignificante porción de color rosa.
Su cadáver es recogido días después ya en avanzado estado de descomposición.
A unos kilómetros del lugar, el Dr. Heinrich Rosenkranz un reconocido psiquiatra y neurólogo alemán, toma café en su escritorio mientras hace apuntes y revisa documentos. De nariz aguileña, larguirucho, cabello castaño claro casi rubio, con una expresión paternal en su mirada profunda de ojos verdes y una mente aguda. La guerra le ha proporcionado libertades como a la mayoría de los alemanes. Y con esa libertad corre impune un río de sangre judía.
La primera gota de lluvia se impacta en la ventana de la habitación donde Lisa y Stephan hacen el amor apasionadamente. Se mueven rítmicamente, pausados, respirando el uno del otro, bebiendo el aliento tibio que escapa con suspiros a veces, gemidos otras. De repente Stephan se detiene y observa a la mujer que tiene en sus brazos. Ella con los ojos cerrados, ofrece su pecho voluptuoso que Stephan besa ávidamente. Ella lo toma por la nuca y lo besa profundamente, como si estuviera degustando una fruta deliciosa, jugosa. Saboreando el elíxir que mana de la boca de Lisa, Stephan olvida el caos que reina en su natal Bremen. Los bombardeos ingleses son cada vez más frecuentes. Pero esa noche reina una calma inusual. Una calma que aprovechan para prodigarse caricias tan ansiadas en tiempos de guerra. Llevan juntos más de tres años y pensaban casarse pero tuvieron que postergar la boda, el padre de Stephan enfermó y pensaron que moriría.
- Hubiera sido lo mejor.- pensaba Stephan viéndose su esperanza acribillada primero por tanto caos. Era posible ahora un mundo donde la muerte de un ser querido era un escenario ideal para la persona. Como si la muerte fuera un invitado usual, del desayuno a la cena. Su padre, Ytzjak Helfgot, un hombre de expresión adusta y severa. Tomaba su enfermedad como algo físico, su espíritu estaba debilitado, devastado pero no lo demostraba. Gustaba del vino tinto el cuál tomaba incluso para acompañar las tartas exquisitas que preparaba Pnina, su esposa. La longevidad los convertía en más cercanos y contra toda adversidad. Eran unos padres amorosos, alegres, gustosos de la tradición. El Sr. Helfgot se recuperó pero comenzó la guerra y un adagio mortal siseaba en los oídos de todos.
- Tengo que ir al hospital – dijo Lisa – y no quiero ir, quiero estar contigo.
- Deberías quedarte, los bombardeos han cesado parece que hoy es una noche tranquila - murmuró Stephan mientras besaba el cuello de su amada. – No puedo, sabes que no puedo, entiéndeme, me necesitan- murmuraba Lisa.
- Yo también te necesito- susurraba Stephan en el oído mientras acariciaba el pecho, abdomen, y cada caricia alcanzaba puntos del cuerpo de Lisa, tan íntimos y ella comenzaba a gemir, primero pausadamente, luego adquirían tal intensidad, que tenía que morder su mano para ahogar los gritos que querían escapar de su pecho. Hicieron el amor una vez más, mientras las demás noches serían para racionar el agua, la comida incluso el amor.
En el bar “Küchenschabe” los soldados se divertían con prostitutas de todas las nacionalidades, había judías por supuesto, vendidas por los Rabíes a los grupos militares que apoyaban a los nazis. Algunas procedían de acomodadas familias judías pero cuando empezó la guerra, era preferible servir de prostituta que morir.
Rachel una prostituta de diez y seis años yacía en la cama con un soldado que gemía, encima de ella. Su rostro inexpresivo y su exagerado maquillaje la hacían lucir como una muñeca de cera. El brillo de sus ojos había desaparecido hace mucho tiempo. Aun era bella y los soldados pagaban fortunas a su proxeneta por tenerla pero ella vivía en la miseria. A veces soñaba cuando corría tras las golondrinas en su casa con sus padres. Antes de morir, sus padres le procuraron un refugio en las sinagogas para luego morir masacrados por los alemanes.
Todas las noches despertaba sobresaltada con el rostro húmedo por las lágrimas, encendía un cigarrillo. La débil luz de la cerilla brillaba en sus ojos azules por un momento que le conferían un cierto brillo que se apaga de inmediato. Tocaron a su puerta. Era casi al anochecer. Su cliente yacía dormido todavía. Roncaba de forma estentórea.
- ¡Rachel! Baja las escaleras. Tienes otro cliente- gritaba una voz de hombre. Se sobresalto un poco y antes de que pudiera levantarse una mano la tomó con fuerza de la muñeca.
- ¡He pagado mucho dinero por ti mugrosa! Tienes que quedarte- dijo el soldado ebrio. Trató de librarse en vano. El soldado ya la besaba por todos lados, mordía sus pezones, jalaba su cabello, golpeaba sus nalgas, abría su carne. De pronto dejaba de luchar y pensaba en las golondrinas mientras el soldado ebrio la golpeaba hasta dejarla inconsciente.
Un escupitajo de licor, en su cara hizo que despertara y gritara de dolor, tenía un ojo morado, le sangraba la nariz y la boca a la cuál le faltaban algunos dientes. Se vio amarrada de pies y brazos a una silla y por lo que podía ver estaba desnuda. La habitación estaba oscura y apenas si podía ver. La habitación estaba iluminada por velas y había gente a su alrededor, apenas podía distinguir algo, eran personas que usaban capas y máscaras de color negro que cubrían su rostro. Escuchaba algo parecido a un rezo comunal.
- ¿Quién está ahí? ¡Auxilio!- gritó desesperada. Recibió un golpe en el estomago que hizo que perdiera el aliento. Tosió sangre y lloraba.
-¡Cállate, putita!-Dijo una voz desconocida. Sentía como varios pares de manos apretujaban sus senos núbiles, con la aureola inflamada, de un rosa pálido. Los dedos de esas manos entraban en sus cavidades vaginales y anales. Taparon su boca con pañuelo ahogando los gritos de horror. Luego recibió un puñetazo en la cara que la dejó casi inconsciente. Al abrir los ojos nuevamente estaba acostada, seguía amarrada de piernas y brazos. Estaba demasiado débil para moverse. Con el único ojo sano pudo vislumbrar una sombra que estaba cerca de ella. La sombra usaba una capa roja y una máscara del mismo color. Sostenía lo que parecía ser una serpiente, pudo ver el cascabel que producía ese ruido característico. De pronto otra persona se colocó enfrente de ella y abrió sus piernas, introdujo un instrumento punzocortante que desgarró su vagina primero. Aulló de dolor, luego introdujeron el instrumento en su ano haciendo que empezara a sangrar abundantemente luego la persona con la capa roja, sostuvo el cascabel y lo introdujo en el ano desgarrado, la sangre servía de lubricación y poco a poco fue entrando la serpiente que tenía el hocico amarrado. Rachel quiso morir, en ese momento empezó a moverse tanto como las pocas fuerzas que tenía le permitían. Movía la cabeza desesperada. Un martillazo rompió varios de sus dedos y quedo inconsciente de nuevo. Al despertar sintió un dolor inmenso. La serpiente ahora estaba en su vagina. Las demás personas rezaban, cada vez con más fuerza. Respiró agitadamente, estaba aterrada. Su corazón latía violentamente en su pecho. Empezaba a observar a su alrededor cuando sintió que algo rozaba sus pies. Eran unas pequeñísimas patas de algún insecto. Levantó la cara un momento y vio cuatro tarántulas subiendo por sus piernas. El miedo fue demasiado. Un grito desgarrador se ahogaba en el pañuelo, movió piernas y brazos. Luego sintió como los colmillos de las tarántulas laceraban su carne. Y en el estertor de la parálisis. Su verdugo prendió la luz se acercó a ella y cortó su garganta. En un minuto estaba en un charco de su propia sangre. Murió a los pocos minutos después.
Lisa de cabello bermejo, lucía una figura espectacular, aún debajo del uniforme de enfermera. Su energía era inagotable, los heridos se sucedían en una frecuencia que parecía que todo el mundo estuviera en guerra. Hordas de heridos, mutilados, golpeados, víctimas de los horrores de la guerra acudían a su dar su último suspiro a las salas del hospital. Las sirenas de las ambulancias ahogaban su último ulular al apagarse por un minuto el motor y entonces se escuchaban los alaridos, los enfermos y desvalidos dejaban escapar quejumbres que parecían más de ultratumba, al igual que sus rostros desencajados, las cuencas de los ojos hundidos, algunos con poco cabello haciéndolos parecer el mismo rostro de la muerte que se asfixiaban en charcos de orina y excremento ¿Cuando sería el momento de dejar este mundo en la más absoluta soledad y rodeados de miseria? El hospital era ya un infierno que se experimentaba en vivo y nadie podía hacer nada. Las medicinas eran escasas, las cirugías se llevaban a cabo sin anestesia, esperando que el paciente cayera inconsciente mientras cercenaban piernas y brazos, cuando cerraban heridas que vomitaban borbotones de sangre espesa. Varias enfermeras habían desmayado en medio de ese diluvio magenta, escuchando gritos de dolor desgarradores. Uno pudiera tener una pesadilla y sería aún más aterradora la realidad.
Pero no siempre fue así, antes el hospital cuando no era la antesala del infierno, era un lugar de descanso, donde el enfermo obtenía alivio. Las enfermeras sonreían y cantaban, espontáneas al igual que los enfermos, aún desvalidos reunían fuerzas suficientes para agradar en su lecho de muerte que los sorprendía en sus sueños. Y los jardines florecían, corrían los niños ignotos de lo que ocurría con sus familiares encamados. Lisa supervisaba lo que hacían las demás enfermeras, saludaba a sus pacientes, administraba medicinas, sonreía al ver a los recién nacidos, los lavaba, los secaba, cada parte de su cuerpecillo y los arrullaban cuando estos lloraban de hambre, pidiendo a la madre le alimentáse.
Había otros ojos, escrutando los movimientos de Lisa. Con la guerra perdida, algunos comandantes de la SS parecían relajados, desahuciados en sus ambiciones y colapsado su hambre de poder disfrutaban de una inusual calma. Encontraban en las judías como Lisa un atractivo casi mórbido y en una noche de copas decidieron poner a prueba hasta donde llegaba esa fascinación que un alemán podía sentir por una judía. Sabían que la voluntad de alguno de ellos se vería fácilmente manipulable si se presionaban los botones adecuados. Sus mentes maniacas producían ideas tan malévolas que podrían ser personificados como demonios de dientes afilados y ojos amarillos de garras con uñas como navajas, etéreos rodeando la silueta de Lisa.
Para el Dr. Rosenkranz, Lisa era como una de sus hijas, cuando empezaron las deportaciones de los ghettos y el exterminio de los judíos fue evidenciado tuvo que pagar una fortuna para que no se llevaran a Lisa, a sus padres, incluso, Stephan se salvaría. Tenía muchas influencias en los altos comandos nazis ya que había sido el doctor de cabecera de muchos de ellos, de sus familias. Había atendido los partos de sus esposas, había atendido a los bebés, podría decirse que gracias a él, todos los habitantes de Bremen habían sido analizados, diagnosticados y muchas veces curados. Estaba muy orgulloso de su profesión y tenía una ambición por conocimiento casi exagerada. Si no pasaba horas con los enfermos, hundía sus grandes ojos en los libros. Consultaba todo tipo de libros incluso los que tocaban temas como la neurología, una ciencia con mucho atraso, también de genética tratando de encontrar el hilo negro que conduciría a producir seres humanos más saludables sin tener que administrar tratamiento alguno. Pronto esta ambición por conocimiento se convertiría en una obsesión. El Dr. Rosenkranz era uno de los tantos alemanes a los cuales el nazismo se les metería por las venas, envenenando su alma poco a poco hasta convertirse en una monstruosidad.
El ser humano puede perder fácilmente su alma sin tener que recurrir a rituales, si ser parte de sectas, ni siquiera estudiando la posibilidad y pronunciar frases en lenguas desconocidas. Cuando se comete una atrocidad contra otro ser humano, demostrando una falta de empatía total es cuando el alma escapa del cuerpo, el corazón se convierte en una piedra y la mente solo produce ideas que alimenten la malevolencia. Hay quienes asesinan por necesidad, cuando se comete un robo, cuando se comete una venganza. Pero si se perpetra un asesinato por el gusto mismo de acabar con una vida sin misericordia es un acto satánico per se. Al asesino entonces se le confiere un poder, una fuerza inagotable, una agudeza mental para cometer mejores y más sádicos asesinatos y ya no importa si son niños, hombres o mujeres. Y todos los nazis experimentaban una psicosis latente. Todos los nazis habían asesinado ya sea con un arma o con una pluma.
Lisa y Stephan se veían a escondidas en el ghetto.
- ¿Cuándo acabará esta guerra horrible? – preguntaba Lisa compungida. – Cada vez hay más muertos, cada vez más parece que la muerte ha ganado esta batalla. – No te preocupes mi amor – decía Stephan tratando de consolarla – He escuchado que los norteamericanos están ganando terreno y los ejércitos alemanes están siendo mermados en Rusia , pronto estaremos todos juntos y seremos felices ya lo verás.
En ese momento sonó el teléfono.
- ¿ Lisa Stanfield? – preguntó una voz seca con marcado acento alemán - ¿Quién es? – dijo Lisa un tanto contrariada. Stephan se acercó a ella. – Tiene que venir al Parque Trinker ahora mismo, la vida de sus padres podría correr peligro si no lo hace, venga sola... - se escuchó un sonido electrónico y la llamada terminó.
Lisa palideció y se sentó en una silla, llevándose las manos a la cara. Quería llorar pero el miedo, el horror, la desesperación fueron tantas que solo enmudeció mientras Stephan gritaba al teléfono. -¿Quién habla? ¿Qué pasa Lisa? Habla por favor…- decía mientras a Lisa por los hombros. Solo dijo – Tengo que irme - ¿Qué?- Dijo Stephan. Lisa miró a los ojos a Stephan y le dijo – Tengo que irme pero regresaré. – ¿Y crees que te voy a dejar ir así nada más? – Stephan- dijo Lisa con la voz entrecortada y los ojos llorosos- ¡Tienen a mis padres y si no voy los van a matar! – gritó angustiada - ¡Los van a matar!
En la fábrica de cepillos miles de judíos trabajaban más de catorce horas, casi sin comer, casi sin dormir. Cada día morían de cansancio viejos, morían de hambre niños recién nacidos, morían apaleados por los solados nazis, morían porque su corazón se detenía dándoles el dulce descanso que necesitaban.
Perla, una niña de doce años, huérfana de padre y madre, apenas si tenía fuerza. Llevaba poco tiempo trabajando pero descubrieron su escondite en las cloacas y la llevaron a la fuerza junto con otro centenar de niños. Perla tenía el cabello café claro y ojos soñadores. Su cabello llegaba a sus hombros, en algún momento terso ahora era como una maraña y olía mal. Usaba la misma ropa desde hace algunos meses y había tenido ya su periodo que había dejado manchas en su ropa. Usaba trapos de los cadáveres que aventaban a las cloacas para en esos días poder contener un poco la sangre que salía de su matriz infantil.
La vida útil de un niño en la fábrica era de unos cuantos meses, después morían o los mataban. Si alguno de ellos se sentaba para descansar les disparaban en la cabeza y los tiraban a la fosa común.
Un día fue llamada a la oficina del dueño.
Al entrar vio a otro hombre, vestido con el uniforme nazi impecable, la saludó con una sonrisa cálida y sacudió la mano del dueño de la fábrica a quien había entregado una cantidad considerable de marcos. El dueño solo pudo espetar unas cuantas palabras de conformidad y asombro pues nadie pagaba tanto por un obrero y mucho menos por una niña que en cualquier momento se desplomaría del cansancio y el hambre.
El hombre en uniforme la tomó en brazos y la llevo afuera.
Perla tenía mucho que no veía la calle, observó el sol, sintió su calor y una especie de esperanza se formó en su corazón.
Subieron a un coche y anduvieron por las calles de Bremen. El hombre que iba a su lado le dijo que podía dormir si quería. Perla durmió inmediatamente, soñó con otros niños, con sus amigos de la escuela, soñó que corría por veredas, que se bañaba en el rio y luego comía.
Al despertar estaba en una cama, la habían bañado y cambiado de ropa. Se levantó y fue al espejo. Se sorprendió. Hace meses que no veía un espejo y lo que vio la sorprendió más. Las costras de mugre habían desaparecido. Su cabello había sido peinado. Incluso percibía un aroma como de perfume.
Observó la habitación, era grande y con muebles muy lujosos. Acarició uno de ellos y de pronto su mirada se posó en una mesa donde había abundante comida, frutas y bebida. Su estómago emitió un gruñido y enseguida empezó a comer, desesperada, perdiendo el estilo, parecía más un animal. Para cuando terminó había devorado casi todo lo que había en la mesa. Un manjar digno de reyes. Y volvió a dormir. Y a soñar con sus amigos y familia.
Entre sueños sintió como una mano empezaba a tocar su pierna, sintió mucho miedo pero no se atrevió a moverse, dejó que esa mano la tocara, luego subió por su abdomen y acaricio los pequeños botones que tenía por senos, estaba aterrada pero no quería abrir los ojos. Luego colocaron una venda en sus ojos y entonces sintió como abrieron su camisa, botón por botón. Quitaron su camisa y besaron sus pezones, los succionaban mientras sobaban su entrepierna. Luego sintió algo en la boca, era un pene erecto, primero cerró la boca pero taparon su nariz y tuvo que abrirla así que el miembro entró poco a poco en su boca. Seguían acariciando sus senos y su entrepierna. El miembro entró casi en su totalidad y ella tosió. Luego la voltearon e introdujeron el miembro en su ano. Ella gritó de dolor. Poco a poco su carne se distendía más y más. Se desmayó del dolor. Cuando recobró el conocimiento estaba en cama otra vez. Había otro banquete en la mesa pero esta vez había perdido el apetito. Intentó incorporarse pero dolía demasiado. Durmió un poco más. Esta vez no hubo sueños.
En la madrugada Perla lloraba no entendía que pasaba y le dolía el cuerpo. Una sensación peor que la que sentía en la fábrica se apoderó de ella y se levantó desesperada, encontró una puerta pero estaba cerrada. De repente una figura entró a la habitación.
-Es hora querida – Ella quiso correr pero la retuvieron.
-¡Por favor¡ ¡No me hagan nada! ¡Haré lo que quieran! – imploraba.
La sombra solo dijo: “No hay a donde correr”
Esa mañana el cadáver desmembrado de Perla volvía a las cloacas. Partes de brazos, piernas, torso, costillas pintaban de color rojo las aguas negras. Las ratas se daban un festín. Mientras una cara deformada, mostraba unos ojos que se escurrían como yemas de huevo. Del torso, los pezones habían sido arrancados a mordidas.
Lisa se apresuró a llegar al parque. Apenas si podía caminar, su cuerpo temblaba violentamente ya sea por el frío o por la terrible ansiedad. Al llegar al parque pudo observar un auto y al acercarse se abrió la puerta.
- Entre, por favor – dijo una voz un tanto suave.
Al entrar enseguida pusieron una máscara en su cara y ella forcejeó.
- Por favor no lo haga más difícil. Lisa cálmese sus padres están bien.
-¿Cómo sabe mi nombre? ¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde están mis padres? ¡Oh Dios Mío!
- Le vamos a proponer un trato – dijo otra voz – tiene que hacer que el Dr. Rosenkranz se enamore de usted. Solo así volverá a ver a sus padres vivos. ¿Comprende?
Silencio y solo los gemidos de Lisa
-¡Comprende!-
- Sí, sí haré lo que ustedes digan pero por favor no les hagan daño a mis padres- dijo Lisa llorando.
- Tiene hasta final de este año y por favor es inútil que pida ayuda. Solo haga lo que le decimos y nadie saldrá lastimado. Tendrá noticias de nosotros.
Abrieron la puerta del coche y Lisa bajó inmediatamente desplomándose en lágrimas sobre el suelo frió de la calle enfrente del parque. Imploraba a todos los cielos que sus padres estuvieran con bien y pensó en Stephan.
El Dr. Rosenkranz estaba leyendo un libro sobre eugenesia. Le parecía fascinante la idea de mejorar la raza humana a partir de manipular ciertos elementos como la genética. Pronto empezó a hacer arreglos para en su tiempo libre dedicarse totalmente a investigar y hacer experimentos. Sabría que mucha gente diferiría así que decidió mantenerlo en secreto. Estaba en eso cuando vio a Lisa, estaba demacrada.
-¿Qué le pasa Lisa? No la veo muy bien- dijo casi paternalmente.
- Nada…solo que he tenido una mala noche eso es todo. ¿Cómo está usted?
- Bien gracias es un gusto verla por aquí ¿Se le ofrece algo?
- Oh claro que no solo venia por unos archivos – dijo algo errática.
Cuando se acercó a tomar los archivos estos se cayeron al suelo y el doctor inmediatamente se levantó de su asiento y la ayudo.
Al estar cerca de ella notó que sus ojos estaban hinchados por llorar.
- Lisa por favor dígame que le sucede
Lisa lo vio a los ojos y comenzó a llorar. El Dr. Rosenkranz la rodeó con los brazos. Lisa lloró y lloró hasta que no quedaron más lágrimas. Luego se desvaneció.
La cercanía que había entre ellos podría desarrollarse a algo físico, algo significativo. Lisa siempre veía en el doctor algo que lo atraía. Aunque en el fondo no entendía el ser parte de tal patético circo y lo trágico que era ver a sus padres involucrados, en peligro inminente de ser asesinados. El gélido aliento de la muerte susurraría en su oído en todo momento y Lisa actuaría, ocultaría el terror y las lágrimas de tristeza por ser esta la última esperanza, la promesa de la libertad para todos era muy factible estaban entregando salvoconductos para ir a Suiza en una muestra por aparecer ante sus enemigos acérrimos que antes eran miles, como un gobierno incluyente siendo la verdad que los que llegaran a ellos morirían en cámaras de gas y luego serían incinerados. Generaciones enteras encontrarían ese destino en una ola inimaginable de religión sin respuesta, de niños, abuelos, personas de todo tipo murieran en la desesperación, el hambre, la impotencia que azotaba hasta un grado de vivir y agradecer la vida pero también acabar con ese trabajo titánico de ser esclavo y morir.
Necesitaba una prueba de que estaban enamorados pensó que las cartas que le escribió en su viaje a Italia tal vez afectado por la melancolía serian al menos la prueba suficiente para liberar a su madre, el tener un hijo pero eso demoraría más las cosas. Pensó en las cartas y entonces ideó un plan para entrar a su caja fuerte y tomar las cartas. Stephan aceptó. Le ayudaría.
En la noche silenciosa, solo los pasos resonaban hasta con un eco. La reciente lluvia había dejado algunos charcos que Stephan, en su lento caminar tenía que sortear para no manchar sus recién lustrados zapatos. Fumaba su cigarro mientras de vez en vez miraba el cielo estrellado.
El angosto callejón estaba desierto. Su sombra se distorsionaba por la luz de algunos faroles, se escuchaba el maullido de algún gato, sirenas de ambulancia, de policías, los cláxones en la calle señal de aunque ya era tarde, la ciudad nunca duerme. En su andar encuentra una pareja que despreocupados demostraban su amor en plena calle, tal vez un borracho con una prostituta, tal vez una pareja que asaltados por la pasión olvidaban que la calle tiene ojos. Sólo se ven sus siluetas inmersas en la oscuridad y los gemidos de ella que los delataban. Podían ser fantasmas y el ulular del viento hizo que su espina dorsal se erizara. También recordó a Lisa, la vería en un momento más, tal vez un par de horas. El plan había salido bien hasta ahora y escapaba tranquilo hasta que lo asaltó la imagen de Lisa, pelirroja, de labios abultados y mirada de fuego, la imaginó ahí con el corsé negro resaltando su piel blanca. Antes de despedirse él vio como apoyaba una pierna en la silla, acomodando la media, cerrando los broches de los sujetadores, Lisa cubría parcialmente su desnudez al verse observada, instintivamente llevaba un brazo a cubrir sus senos y luego miraría con una interrogante a Esteban mientras que despertando de su estupor, caminaba, desataba el nudo de su corbata, tomaba una copa con whiskey y salía de la sala de la lujosa habitación del Hotel Marquis.
Aunque caminaba sin ninguna prisa, las imágenes de Lisa con el Dr. Rosenkranz asaltaban su mente y le producían celos. Lisa de figura perfecta gustaba exaltar sus curvilíneos atributos con atuendos atrevidos y ajustados. La primera vez que la vio fue esa tarde que sirviendo café, deslumbró a todos con su sexy contonear y su sonrisa amable, sincera que mostraba unos dientes blancos, relucientes y el color de sus labios rojos carmesí, sus ojos azules, sus rizos bermejos. Al llegar a la habitación parecía que una luz llegaba con ella iluminando la sala y luego posó su mirada en él, Stephan le sonrió tímidamente, fue suficiente para que él la buscara insistentemente hasta que con sus modales caballerosos, sus detalles poco convencionales, su espontaneidad, su buen humor y demás pudiera conquistarla y llevar a esa diosa a su cama. Esa noche huía a sabiendas que nadie lo perseguía sin embargo no era una caminata nocturna, deseó que así lo fuera, es más podía caminar con Lisa, ya no necesitaban las cartas, con ellas pretendían liberarse entregándolos a los maniacos que tenían preso a los padres de Lisa y obtendrían la libertad tan ansiada y tenían todas las de ganar pues en las cartas tal vez ebrio él había incluso persuadido a Lisa a estar con él o nunca más verla. Fue cuando Lisa habló con Stephan y le dijo que sería inimaginable perder a sus padres que aceptaría, haría todo lo que le dijeran, con tal de salir de esa pesadilla.
Stephan, un vendedor de arte, al cual no le iba muy bien. Lisa encontraba en él, amor sincero y tierno que necesitaba y confiaba en él plenamente. No necesitaban las cartas. La gente los había visto entrar al hotel juntos, podría reunir los testimonios de gente de confianza que diera lacara por ellos .Entró en él un miedo y angustia que no lo dejaba respirar. Regresó por sus mismos pasos. La pareja había desaparecido, con suerte Lisa había conseguido las cartas y se verían en casa de Stephan pero su instinto lo hizo correr, volver a su lado no importaba si el Dr. Rosenkranz, Heinrich Rosenkranz, estaba ahí, estaba listo para enfrentarlo, se dio cuenta de su cobardía y lo invadió la furia. No toleraría que se le pisoteara, Lisa era demasiado obediente como para cuestionarlo y entonces comprendió lo que tenía que hacer y eso era pelear por ella con uñas y dientes. Siempre hay otras formas de conseguir lo que se quiere. Dirían que Heinrich simplemente no había picado el anzuelo.
Lisa estaría abriendo la caja fuerte para esta hora, después de una noche de copas, Heinrich dormiría y ella en ropa interior estaría intentando abrir la caja fuerte y él llegaría por detrás, tapando su boca para ahogar su grito, para que luego se convirtiera en un largo beso que acabaría con la angustia de llevar a cabo toda esta farsa donde el doctor estando sedado, acabaría con una resaca al otro día y no se preguntaría que habría pasado.
Entró al edificio y al dejar las escaleras de servicio y llegar al pasillo donde alumbraba una lámpara algunos cuadros, copias exquisitas de obras que él conocía y el mármol negro de las paredes. Llegó a la habitación ochenta y tres pero escuchó voces. Rápidamente con el corazón latiendo dentro de él de forma incontrolable se escondió detrás de un arbusto, agazapado, vería como se abría la puerta y ahí estaba Lisa, sonriendo y la voz de un hombre que no era Heinrich Rosenkranz entonces antes de que pudiera ver el rostro de ese hombre sintió un golpe que lo dejó inconsciente.
Al despertar yacía desnudo salvo por la ropa interior. Al intentar incorporarse tuvo una punzada en la cabeza tan fuerte que gritó y sostuvo su cabeza con las dos manos. Unos golpes en la puerta lo hicieron reaccionar. Aunque era ya de día unas gruesas cortinas tapaban las ventanas y apenas si podía ver por donde caminaba. Encontró su ropa y se vistió tan rápido como pudo. Los golpes en la puerta como pudo constatar eran de las personas de la limpieza que se alejaron. Alcanzó una lámpara y al prenderla los ojos azules de Lisa lo miraban inerte. Tenía en las manos las cartas ensangrentadas y siguió el rastro de sangre hasta la caja fuerte que estaba abierta. Observó su interior y retrocedió aterrorizado, los golpes en la puerta eran más fuertes y ahora escuchaba a más gente, alguien gritó que si no abrían inmediatamente ellos abrirían la puerta y escuchaba llaves moviéndose. Acabó de vestirse lo más rápido que pudo llorando, llevándose la mano a la boca para callar sus gemidos y salió por la ventana. Como pudo llego al callejón y ahí cayó desvalido, desgarrado por el dolor.
En la cama yacía el cuerpo inerte de Lisa y en la caja fuerte, su corazón, lo habían arrancado.
martes, 7 de junio de 2011
A huir despacio
A huir despacio
En la noche silenciosa, solo los pasos resonaban hasta con un eco. La reciente lluvia había dejado algunos charcos que Esteban, en su lento caminar tenía que sortear para no manchar sus recién lustrados zapatos. Fumaba su cigarro mientras de vez en vez miraba el cielo estrellado.
El angosto callejón estaba desierto. Su sombra se distorsionaba por la luz de algunos faroles, se escuchaba el maullido de algún gato, sirenas de ambulancia, de policías, los cláxones en la calle señal de aunque ya era tarde, la ciudad nunca duerme. En su andar encuentra una pareja que despreocupados demostraban su amor en plena calle, tal vez un borracho con una prostituta, tal vez una pareja que asaltados por la pasión olvidaban que la calle tiene ojos. Sólo se ven sus siluetas inmersos en la oscuridad y los gemidos de ella los delataban. Podían ser fantasmas y el ulular del viento hizo que su espina dorsal se erizara. También recordó a Lisa, la vería en un momento más, tal vez un par de horas. El plan había salido bien hasta ahora y escapaba tranquilo hasta que lo asaltó la imagen de Lisa, pelirroja, de labios abultados y mirada de fuego, la imaginó ahí con el corsé negro resaltando su piel blanca. Antes de despedirse él vio como apoyaba una pierna en la silla, acomodando la media, cerrando los broches de los sujetadores, Lisa cubría parcialmente su desnudez al verse observada, instintivamente llevaba un brazo a cubrir sus senos y luego miraría con una interrogante a Esteban mientras que despertando de su estupor, caminaba, desataba el nudo de su corbata, tomaba una copa con whiskey y salía de la sala de la lujosa habitación del Hotel Marquis.
Lisa era la asistente del empresario Enrique Rojas, quién dirigía varias corporaciones, incluso en el extranjero. Adinerado, soltero, relativamente joven era casi una celebridad pero su debilidad eran las mujeres, como Lisa con la que sostuvo un romance y en un viaje a Europa había cometido un error, escribirle cartas de amor. Tal vez el haber estado por Venecia, París, Madrid había despertado algún sentimiento que quiso plasmar en papel y a lo largo de tres meses le escribió con vehemencia de adolescente y Lisa se dejó llevar aunque su verdadero amor es Esteban con quién decidió tenderle una trampa.
-A veces el dinero es lo único que salva al amor – dijo Lisa a Esteban. Esas palabras se grabaron en su mente y lo trastornaron. Imaginar perder el amor de Lisa sería inimaginable, así que decidieron embaucarle.
Después del viaje a Europa, Enrique decidió pedirle las cartas a Luisa, cartas que exhibían su amor por ella y las puso en una caja fuerte. No había razón alguna para guardarlas. Si no quería que se supiera su amor podría destruirlas pero tal vez hubieran sido estas, la única muestra de la existencia de algún sentimiento real por otra persona. Había experimentado todo menos los labios de Lisa y esa fiebre como de adolescente. Aún así enfrente de ella había guardado las cartas en la caja fuerte.
Aunque caminaba sin ninguna prisa, las imágenes de Lisa con Enrique asaltaban su mente y le producían celos. Lisa de figura perfecta gustaba exaltar sus curvilíneos atributos con atuendos atrevidos y ajustados. La primera vez que la vio fue esa tarde que sirviendo café, deslumbró a todos con su sexy contonear y su sonrisa amable, sincera que mostraba unos dientes blancos, relucientes y el color de sus labios rojos carmesí, sus ojos azules, sus rizos bermejos. Al llegar a la habitación parecía que una luz llegaba con ella iluminando la sala y luego posó su mirada en él, Esteban y sonrió tímidamente, fue suficiente para que él la buscara insistentemente hasta que con sus modales caballerosos, sus detalles poco convencionales, su espontaneidad, su buen humor y demás pudiera conquistarla y llevar a esa diosa a su cama. Esa noche huía a sabiendas que nadie lo perseguía sin embargo no era una caminata nocturna, deseó que así lo fuera, es más podía caminar con Lisa, ya no necesitaban las cartas, con ellas pretendían acusarlo de acoso laboral y tenían todas las de ganar pues en las cartas tal vez ebrio él había incluso persuadido a Luisa a estar con él o nunca más verla. Fue cuando Lisa habló con Esteban y le dijo que no quería perder su trabajo y Esteban lo entendió pero jamás lo aceptó. La demanda sería su venganza y harían que Enrique pagara por su arrebatamiento de colocar a Lisa en una situación así. De poner en hielo frágil su relación, podía tener a la mujer que quisiera pero cuando supo que él, Esteban un vendedor de arte al cual no le iba muy bien tenía a Lisa perdió el control y quiso arrebatarla de su lado prometiéndole una vida de exorbitantes lujos a los cuales Lisa le parecían insignificantes. En Esteban encontraba el amor sincero y tierno que necesitaba y confiaba en él plenamente. No necesitaban las cartas seguramente Enrique tendría abogados que sólo pondrían en entredicho la reputación de Lisa y no conseguirían nada, incluso Enrique podría separarlos para siempre. Entró en él un miedo y angustia que no lo dejaba respirar. Regresó por sus mismos pasos. La pareja había desaparecido, con suerte Lisa había conseguido las cartas y se verían en casa de Esteban pero su instinto lo hizo correr, volver a su lado no importaba si Enrique estaba ahí, estaba listo para enfrentarlo, se dio cuenta de su cobardía y lo invadió la furia. No toleraría que se le pisoteara, Lisa era demasiado obediente como para cuestionarlo y entonces comprendió lo que tenía que hacer y eso era pelear por ella con uñas y dientes. Enrique no se saldría con la suya y Lisa sería suya para siempre.
Casi le divertía el regresar al cuarto donde estaban hospedados Enrique y Lisa, sabría que ella en ropa interior estaría intentando abrir la caja fuerte y él llegaría por detrás, tapando su boca para ahogar su grito, para que luego se convirtiera en un largo beso que acabaría con la angustia de llevar a cabo toda esta farsa donde Enrique estaría sedado y al otro día pensaría que había tomado demasiada champaña. Todo terminaría muy pronto.
Entró al edificio y al dejar las escaleras de servicio y llegar al pasillo donde alumbraba una lámpara algunos cuadros, copias exquisitas de obras que él conocía y el mármol negro de las paredes. Llegó a la habitación ochenta y tres pero escuchó voces. Rápidamente con el corazón latiendo dentro de él de forma incontrolable se escondió detrás de un arbusto, agazapado, vería como se abría la puerta y ahí estaba Lisa, sonriendo y la voz de un hombre que no era Enrique entonces antes de que pudiera ver el rostro de ese hombre sintió un golpe que lo dejó inconsciente.
Al despertar yacía desnudo salvo por la ropa interior. Al intentar incorporarse tuvo una punzada en la cabeza tan fuerte que gritó y sostuvo su cabeza con las dos manos. Unos golpes en la puerta lo hicieron reaccionar. Aunque era ya de día unas gruesas cortinas tapaban las ventanas y apenas si podía ver por donde caminaba. Encontró su ropa y se vistió tan rápido como pudo. Los golpes en la puerta como pudo constatar eran de las personas de la limpieza que se alejaron. Alcanzó una lámpara y al prenderla los ojos azules de Luisa lo miraban inerte. Tenía en las manos las cartas ensangrentadas y siguió el rastro de sangre hasta la caja fuerte que estaba abierta. Observó su interior y retrocedió aterrorizado, los golpes en la puerta eran más fuertes y ahora escuchaba a más gente, alguien gritó que si no abrían inmediatamente ellos abrirían la puerta y escuchaba llaves moviéndose. Acabó de vestirse lo más rápido que pudo llorando, llevándose la mano a la boca para callar sus gemidos y salió por la ventana. Como pudo llego al callejón y ahí cayó desvalido, desgarrado por el dolor.
En la cama yacía el cuerpo inerte de Lisa y en la caja fuerte, su corazón, lo habían arrancado y a Esteban el dolor solo le dejaba opción a huir despacio.
En la noche silenciosa, solo los pasos resonaban hasta con un eco. La reciente lluvia había dejado algunos charcos que Esteban, en su lento caminar tenía que sortear para no manchar sus recién lustrados zapatos. Fumaba su cigarro mientras de vez en vez miraba el cielo estrellado.
El angosto callejón estaba desierto. Su sombra se distorsionaba por la luz de algunos faroles, se escuchaba el maullido de algún gato, sirenas de ambulancia, de policías, los cláxones en la calle señal de aunque ya era tarde, la ciudad nunca duerme. En su andar encuentra una pareja que despreocupados demostraban su amor en plena calle, tal vez un borracho con una prostituta, tal vez una pareja que asaltados por la pasión olvidaban que la calle tiene ojos. Sólo se ven sus siluetas inmersos en la oscuridad y los gemidos de ella los delataban. Podían ser fantasmas y el ulular del viento hizo que su espina dorsal se erizara. También recordó a Lisa, la vería en un momento más, tal vez un par de horas. El plan había salido bien hasta ahora y escapaba tranquilo hasta que lo asaltó la imagen de Lisa, pelirroja, de labios abultados y mirada de fuego, la imaginó ahí con el corsé negro resaltando su piel blanca. Antes de despedirse él vio como apoyaba una pierna en la silla, acomodando la media, cerrando los broches de los sujetadores, Lisa cubría parcialmente su desnudez al verse observada, instintivamente llevaba un brazo a cubrir sus senos y luego miraría con una interrogante a Esteban mientras que despertando de su estupor, caminaba, desataba el nudo de su corbata, tomaba una copa con whiskey y salía de la sala de la lujosa habitación del Hotel Marquis.
Lisa era la asistente del empresario Enrique Rojas, quién dirigía varias corporaciones, incluso en el extranjero. Adinerado, soltero, relativamente joven era casi una celebridad pero su debilidad eran las mujeres, como Lisa con la que sostuvo un romance y en un viaje a Europa había cometido un error, escribirle cartas de amor. Tal vez el haber estado por Venecia, París, Madrid había despertado algún sentimiento que quiso plasmar en papel y a lo largo de tres meses le escribió con vehemencia de adolescente y Lisa se dejó llevar aunque su verdadero amor es Esteban con quién decidió tenderle una trampa.
-A veces el dinero es lo único que salva al amor – dijo Lisa a Esteban. Esas palabras se grabaron en su mente y lo trastornaron. Imaginar perder el amor de Lisa sería inimaginable, así que decidieron embaucarle.
Después del viaje a Europa, Enrique decidió pedirle las cartas a Luisa, cartas que exhibían su amor por ella y las puso en una caja fuerte. No había razón alguna para guardarlas. Si no quería que se supiera su amor podría destruirlas pero tal vez hubieran sido estas, la única muestra de la existencia de algún sentimiento real por otra persona. Había experimentado todo menos los labios de Lisa y esa fiebre como de adolescente. Aún así enfrente de ella había guardado las cartas en la caja fuerte.
Aunque caminaba sin ninguna prisa, las imágenes de Lisa con Enrique asaltaban su mente y le producían celos. Lisa de figura perfecta gustaba exaltar sus curvilíneos atributos con atuendos atrevidos y ajustados. La primera vez que la vio fue esa tarde que sirviendo café, deslumbró a todos con su sexy contonear y su sonrisa amable, sincera que mostraba unos dientes blancos, relucientes y el color de sus labios rojos carmesí, sus ojos azules, sus rizos bermejos. Al llegar a la habitación parecía que una luz llegaba con ella iluminando la sala y luego posó su mirada en él, Esteban y sonrió tímidamente, fue suficiente para que él la buscara insistentemente hasta que con sus modales caballerosos, sus detalles poco convencionales, su espontaneidad, su buen humor y demás pudiera conquistarla y llevar a esa diosa a su cama. Esa noche huía a sabiendas que nadie lo perseguía sin embargo no era una caminata nocturna, deseó que así lo fuera, es más podía caminar con Lisa, ya no necesitaban las cartas, con ellas pretendían acusarlo de acoso laboral y tenían todas las de ganar pues en las cartas tal vez ebrio él había incluso persuadido a Luisa a estar con él o nunca más verla. Fue cuando Lisa habló con Esteban y le dijo que no quería perder su trabajo y Esteban lo entendió pero jamás lo aceptó. La demanda sería su venganza y harían que Enrique pagara por su arrebatamiento de colocar a Lisa en una situación así. De poner en hielo frágil su relación, podía tener a la mujer que quisiera pero cuando supo que él, Esteban un vendedor de arte al cual no le iba muy bien tenía a Lisa perdió el control y quiso arrebatarla de su lado prometiéndole una vida de exorbitantes lujos a los cuales Lisa le parecían insignificantes. En Esteban encontraba el amor sincero y tierno que necesitaba y confiaba en él plenamente. No necesitaban las cartas seguramente Enrique tendría abogados que sólo pondrían en entredicho la reputación de Lisa y no conseguirían nada, incluso Enrique podría separarlos para siempre. Entró en él un miedo y angustia que no lo dejaba respirar. Regresó por sus mismos pasos. La pareja había desaparecido, con suerte Lisa había conseguido las cartas y se verían en casa de Esteban pero su instinto lo hizo correr, volver a su lado no importaba si Enrique estaba ahí, estaba listo para enfrentarlo, se dio cuenta de su cobardía y lo invadió la furia. No toleraría que se le pisoteara, Lisa era demasiado obediente como para cuestionarlo y entonces comprendió lo que tenía que hacer y eso era pelear por ella con uñas y dientes. Enrique no se saldría con la suya y Lisa sería suya para siempre.
Casi le divertía el regresar al cuarto donde estaban hospedados Enrique y Lisa, sabría que ella en ropa interior estaría intentando abrir la caja fuerte y él llegaría por detrás, tapando su boca para ahogar su grito, para que luego se convirtiera en un largo beso que acabaría con la angustia de llevar a cabo toda esta farsa donde Enrique estaría sedado y al otro día pensaría que había tomado demasiada champaña. Todo terminaría muy pronto.
Entró al edificio y al dejar las escaleras de servicio y llegar al pasillo donde alumbraba una lámpara algunos cuadros, copias exquisitas de obras que él conocía y el mármol negro de las paredes. Llegó a la habitación ochenta y tres pero escuchó voces. Rápidamente con el corazón latiendo dentro de él de forma incontrolable se escondió detrás de un arbusto, agazapado, vería como se abría la puerta y ahí estaba Lisa, sonriendo y la voz de un hombre que no era Enrique entonces antes de que pudiera ver el rostro de ese hombre sintió un golpe que lo dejó inconsciente.
Al despertar yacía desnudo salvo por la ropa interior. Al intentar incorporarse tuvo una punzada en la cabeza tan fuerte que gritó y sostuvo su cabeza con las dos manos. Unos golpes en la puerta lo hicieron reaccionar. Aunque era ya de día unas gruesas cortinas tapaban las ventanas y apenas si podía ver por donde caminaba. Encontró su ropa y se vistió tan rápido como pudo. Los golpes en la puerta como pudo constatar eran de las personas de la limpieza que se alejaron. Alcanzó una lámpara y al prenderla los ojos azules de Luisa lo miraban inerte. Tenía en las manos las cartas ensangrentadas y siguió el rastro de sangre hasta la caja fuerte que estaba abierta. Observó su interior y retrocedió aterrorizado, los golpes en la puerta eran más fuertes y ahora escuchaba a más gente, alguien gritó que si no abrían inmediatamente ellos abrirían la puerta y escuchaba llaves moviéndose. Acabó de vestirse lo más rápido que pudo llorando, llevándose la mano a la boca para callar sus gemidos y salió por la ventana. Como pudo llego al callejón y ahí cayó desvalido, desgarrado por el dolor.
En la cama yacía el cuerpo inerte de Lisa y en la caja fuerte, su corazón, lo habían arrancado y a Esteban el dolor solo le dejaba opción a huir despacio.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Para los amantes
“Para los amantes, el cuerpo piensa y el alma se toca, es palpable”
Octavio Paz
Para los amantes
Para dos adolescentes un poco de luz, es demasiada mientras se acarician y las hormonas en sus cuerpos estallan en pasión benevolente, la cual los deja sin aliento y de su mirada cómplice, brota la chispa del deseo. Alondra aferrada a los brazos de piel tostada de Andros, se abandona a las caricias que hurgan en su pecho voluptuoso al mismo tiempo que ofrece su boca de labios abultados que Andros muerde con vehemencia y en su delirio, olvida a Valentina, su novia por más de un año y mejor amiga de Alondra.
En el piso superior de la casa, los padres de ella, inadvertidos, miran desentendidos televisión. La hermana menor Eloisa se observa al espejo, tiene doce años, es esbelta, vivaz, alegre, apenas está entrando a la pubertad que no pasa desapercibida pues sus pechos empiezan a asomarse, tímidos por encima del uniforme de la secundaria. En una plática que tienen Alondra y Valentina comentan que Eloisa confesó que una ligera pelusa ya cubre su sexo virginal no conteniendo una risa delatadora. Andros no puede evitar pensar en la niña transformándose en mujer y a la mujer en amante.
Las caricias que se van pronunciando impulsivas al igual que las palabras. Llegan a los oídos como un murmullo, como frases incompletas que juegan a seducir, el deseo juega con ellos y ellos con las palabras. Juegan a ser amantes y en su juego mantienen las indirectas como vía de comunicación, ser directo, pedir, significaría dejar de jugar, así que Andros se insinúa - Le quiero presentar un amigo a tu amiga – tocando su miembro con una mano y con la otra acariciándola entre las piernas. – Pues preséntaselo- dice ella coqueta. Andros se saca el miembro duro como roca y ella lo acaricia. – Hay un poco de lluvia- le dice en alusión a lo húmeda que esta. Así entrelazados pagarían un precio muy alto; Alondra perdería a su mejor amiga y André la cordura; nunca encontraría a alguien como Valentina.
Está tan cerca el uno del otro y es la primera vez que van más allá todo ha sucedido tan natural que solo es inadecuado y están fuera la perversión o la traición. La juventud es el momento donde brotan las oportunidades como en un manantial y la sed, es perenne, saciarla podría significar utilizar todas las fuentes posibles. Andros rodeado de seres queridos, amigos, familia y también mujeres extraordinarias, mujeres que se sienten cómodas con su presencia y le regalan su risa, su beso, su cariño. Mientras Andros convierte todo en un sueño donde descubre que cualquier cosa puede pasar y es así que comienza a ver a Alondra en su casa, platican y en una ocasión no puede contenerse más y la empieza a envolver con retórica, la sabiduría abandona su corazón entonces se inunda de deseo y las palabras impronunciables, la propuesta de arrojarse al vacío juntos.
¿Qué harías si estuviéramos solos en una isla tu y yo?- pregunta Andros leyendo en su respuesta el deseo. Ella tal vez imagine que Andros está dispuesto a dar el siguiente paso, sin importar las consecuencias.
Por esas fechas Andros aprendería a patinar y siendo una persona muy deportista vería en el hockey sobre ruedas una oportunidad de hacer algo que rompiera la rutina de jugar basket ball todos los sábados y domingos y volley ball entre semana en sus horas libres en la escuela. Un restaurant muy conocido que nunca tuvo mayor audiencia se incendia y antes de convertirlo en una exitosa gasolinera, con su piso liso, se convierte en pista para aprender este deporte casi exclusivo para países del norte. Se consolidan varias cosas al practicar en esa área: su amistad con Rogelio y la aventura amorosa con Alondra. Un día Andros invitaría a Alondra a verlos jugar hockey, siendo casi vecinos a ella no le resulta difícil acceder y Andros se imaginaba que no habría nadie pero no estaba seguro, todo era tan natural tan inofensivo, fueron juguetes del deseo, imponer la voluntad solo sería frenar al destino que les regalaba la posibilidad de ser felices, para Andros significaría salir de la rutina con Valentina, encontrar la cura para su mal, estar vacío por dentro, estar muerto sin empatía pues Valentina le daba todo y más pero el ser humano en búsqueda de emociones es un ser llevado a la deriva y busca traspasar las barreras que se le imponen, barreras morales que hubieran formado principios sólidos y que teniendo en sus manos la forma de controlar su vida simplemente se dejo llevar. Al estar solos en el atardecer lo que con Valentina llamaría la hora azul, por fin pudo calmar su ansia y besar esa boca de labios hinchados. Encontrar un placer que le cosquilleaba el plexo solar, como si su alma rebosante explotara en juegos pirotécnicos, por fin, tenía lo que él quería, craso error, hubiera deseado tener una vida con sentido, tal vez un trabajo y familia propia como la mayoría de la gente, pero no Andros anheló tener lo prohibido y eso fue lo que obtuvo. Seducir a dos mujeres vírgenes, paso a paso sin desesperación, inyectando pequeñas dosis de narcotizante placer y sin barreras de conciencia se abrían paso al portal mismo del erotismo, cada caricia, cada beso los sumergía en un oasis sensorial, reconociendo los límites de la intimidad, tocando ese cuerpo electrizado con los senos brotando regalándose a la vista, al tacto, al gusto. Con esos besos prohibidos sellaron su destino. Andros estropearía su relación con Valentina pero hubo un momento que quiso arreglar las cosas. Siendo consciente de su debilidad de espíritu, hablaba con Valentina externando su gran aversión a la rutina, su autoestima era baja y no podía ver lo afortunado que era solo una emoción de aburrimiento lo inundaba y su instinto le indicaba que era hora de huir, pero Valentina estaba muy enamorada, se aferraba a su amante con locura y aunque se decidió varias veces alejarse siempre volvían las promesas, el arrobamiento los cegaba pues tocarse y acariciase los transportaba a un lugar donde no había dudas, ni miedos, solo la seguridad de juntos el mundo era cosa aparte.
Los tres eran muy buenos amigos que junto con Mariela serian inseparables en el primer año de preparatoria. Andros tenía todo y más de lo que pudiera desear en la adolescencia, juventud, popularidad, salud, con una sonrisa encantadora y no tenía ningún vicio. Y así se permitió soñar y darse cuenta que entraba a un mundo donde nada era imposible.
Un día jugando volley ball observo a Mariana, trigueña; rubia de ojos azules y gran trasero, caminaba cerca de la cancha.
- ¡Mira que guapa! – le decía a Morgan amigo de la secundaria- Un día va a ser mi novia – decía Andros soñando despierto.
Todos los días Andros caminaba el trecho que lo separaba de su hogar a la escuela. Su madre se levantaba y le preparaba un licuado y tal vez algún alimento para que lo comiese en el receso. Su padre fumador empedernido anunciaba su presencia con el humo del cigarrillo que aromatizaba la mañana. En el camino frente a una empresa extranjera que según escucho se encontraba en huelga, observaba una habitación rústica, improvisada en la calle. Hecha de madera apenas si resguardaba al velador y su mujer del inclemente frío. Todos los días los veía hacer una fogata para preparar un poco de café y calentar frijoles para el desayuno.
-Buenos días puedo pasar – decía Andros y entraba al salón de clases de su nuevo grupo. Tenía poco de haberse cambiado pues pertenecía a otro grupo que salía más tarde y tuvo que arreglárselas con los coordinadores para que lo cambiaran argumentando que entrenaba natación en las tardes. Fue así que le dijeron que encontrara a alguien que le permitiera cambiar de horarios así fue que su amigo Axel accedió a hacer el cambio de horarios. Tal vez para Axel seria un simple cambio de horario pero para André seria un cambio de vida total.
Había veces que no llegaba a tiempo a la clase y el profesor no lo dejaba entrar así que se encaminaba a las canchas. Esa mañana hacia mas frio de lo usual así que tardo un poco más de lo normal en entrar en calor. En un movimiento extraño, el joven que tenía delante soltó una manotada para arrebatar el balón de basket ball y rozó su boca lo suficiente para producirle una cortada. Extrañado por la herida pues el golpe no había sido fuerte ni malintencionado se encamino a la enfermería y fue donde encontraría a Mariana, la trigueña de ojos azules. Se harían amigos y tiempo después en una excursión Andros acostumbrado a hacer las cosas por impulso le robaría un beso y el corazón, tiempo después.
Los pezones rosas de Valentina despedían un aroma exquisito, diferente, tenue. Sus aureolas eran grandes considerando las proporciones pues sus pechos que eran menudos y firmes. El tocarlos hacia que ambos experimentaran sensaciones extasiantes. Tardarían dos años en tener relaciones sexuales mientras tanto jugaban con sus cuerpos. Ya eran novios formales pero aun eran inexpertos y espontáneos el solo estar juntos hacia que todo pasara a segundo plano. Se acariciaban en el cuarto oscuro de la casa a medio construir que sus papas habían comprado en una zona lujosa alejada del bullicio que ya se empezaba a formar en la parte norte del estado de México, una zona boscosa que olía a humedad y que aun años después ese olor a humedad combinado con el frio traería recuerdos de sus encuentros con Valentina, donde encontraba el calor suficiente para olvidar todo. Se besaban hasta que los labios dolieran. Sus besos eran profundos y narcotizantes. Cada que se tocaban, sus cuerpos hacían una promesa al deseo de entregarse y fundirse como uno, la promesa era suficiente para llevarlos a otra dimensión que se anunciaba con el advenimiento del embargo; el embargo del éxtasis. Enarbolados en caricias, con los miembros exángües entrelazados, contemplando el infinito con los cinco sentidos, el tiempo perdía su autonomía mientras nuestros cuerpos se entregaban a la voluntad del deseo.
- ¿Cuando crees que afloje el calzón?- preguntaba Andros a su mejor amiga Mariela - ¿Valentina? Yo creo que en cuanto quieras esta súper enamorada de ti – respondía ella. Había una cierta complicidad entre los dos, siendo buenos amigos se contaban todo incluso cosas demasiado íntimas como aquella vez que le confió como su novio le metía los dedos para excitarla que metía dos dedos y a ella le dolía pero le decía que siguiera. Volverse tan íntimos era algo natural para André quien proyectaba confianza y la gente, las mujeres en especial, confiaban en él, le contaban sus secretos mas íntimos.
Era la primera vez que Alondra estaba en una habitación de motel para tener sexo. Beberían una botella de anís pues es lo único que encontraron. Apuraba los tragos entre bromas y confesiones de amigos. En más de una ocasión pasaban de besos a las caricias, de las caricias a intentar hacer el amor, los dos eran vírgenes, inexpertos y hubo muchas ocasiones para después de probar el sexo de Alondra con la boca, pudo haberla penetrado, encerrarse en esa cárcel elástica y llevarla al delirio. Una vez estando los dos en su casa, su padre llegaría del trabajo y la madre entonces iría por él. En cuanto se fue los dos subieron al cuarto de ella. Empezaron a besarse y el momento los sorprendió y estaban acariciándose casi con frenesí. Al acariciarla entre las piernas percibió humedad en demasía, sus cuerpos pedían más y cada vez más pero serían unos años después cuando por fin consumarían su prohibido y espontáneo amor. Esa vez en el hotel, ya desnudos tomarían vino tinto y Andros no podía dejar de acariciarla. Andros le daba demasiada importancia a las caricias, a no tener prisa y su proceder contribuiría a disfrutar las bondades de Alondra por al menos una decena de años.
Valentina es una chica inteligente, que siempre gusta de la compañía de sus amigos y familiares. Teniendo una doble nacionalidad, norteamericana y mexicana, tendría en casa unos padres intelectuales, los dos profesores de una prestigiada Universidad pública. Al conocerse, Andros no podía dejar de observar su trasero prominente que sobresalía de su esbelto y espigado cuerpo de tez blanca que tiempo después se tiñería con un rojo manzana en las mejillas. Los colores eran profundos, rosa pálido en aureolas, vagina, boca, un café limpio, brilloso en sus grandes ojos, negro para su cabello sedoso y un aroma inigualable, angelical cada que estaba con ella se sentía tan afortunado que su mente le jugó un truco muy bajo, sabía que era tan perfecto que no duraría así que abandonó la esperanza o más bien la esperanza lo abandonó, lo colocó a la deriva en una vida prestada donde no era protagonista solo espectador, así que solo tenía una motivación: el placer. Tiempo después reconocería que amó mucho a esa mujer pero era tanto el placer que le provocaba estar con ella que su mente se nubló y jamás peleó por conservar ese, su primer amor, perdido en el delirio del placer. En cambio ella se entregó en cuerpo y alma. Su mundo era solo él, y al no tenerla Andros la veneraría como a una Diosa por el resto de su vida, vacía de emociones que después de muchas noches delirantes lo empujarían a viajar, a dejar atrás esos recuerdos tan felices para encontrar refugio en los horizontes, con la mar, con las montañas, la nieve, los amaneceres, las lunas llenas, la arena, la noche, conocería la más absoluta soledad en compañía de los recuerdos, en el mejor de los casos, pues los sueños traerían consigo tal carga emocional que al despertar casi percibiría el aroma de su piel, su mirada que lo emancipaba de la vida para embriagarlo con la dulzura de su intimidad evaporándose en la boca como probar un fragmento de cirro, de caramelo derretido que la inundaba por dentro y se regalaba al menor contacto. Así todo el cosmos contenido, explotaba en un incendio que los cegaba con partículas invisibles, los dejaba vacíos y con el corazón resplandeciente, mientras ellos se abandonaban al placer el tiempo perdía su autonomía y se convertía en algo exangüe como el listón que cae luchando con la débil atmosfera que lo sostiene. Su divinidad y su humanidad dependían de un beso y era tan evidente su fusión eterna que encontraban la forma de huir para perderse en la congruencia de la vida y evitar la trascendencia. Tenían miedo al amor como se tiene miedo a la muerte. Valentina se aferró al amor como Andros se aferró al desamor, pues todo se acaba y Andros de alguna forma inmortalizó el sentimiento que Valentina despertaba en él, convirtió en una leyenda personal lo que en cualquier caso sería una vida normal, de pareja. Su novia, su compañera sería elevada a musa y estaba resignado a perderla como se pierde eventualmente la vida, estaba convencido de que la perdería y entonces al tenerla, al poseerla la dejaba ir pero ella volvía con más fuerza, se obsesionó con el paraíso perdido y Andros convertía ese paraíso en un desierto donde la mas mínima gota calmaría su sed aunque a su lado tenía un manantial del cual manaba luz liquida infinita. En las hendiduras más intimas del ser, en su figura rubicunda abundante en carnes donde era necesario, en su femineidad de floreciente erotismo, en la suavidad de su piel que parecía eterna, en la calma de su cálido abrazo se encontraban los mismos motivos para vivir que para morir, un instante era una eternidad y al abrir y cerrar los ojos ella ya no estaba, su mirada era fría y al convencerla de su banalidad, al quitársela de encima, de eclosionarse, cometía suicidio emocional, el vacío que quedaría sería enorme y ningún remedio al menos terrenal aliviaría su aflicción.
Rogelio apareció en sus vidas, les extendía una invitación para disfrutar del ambiente nocturno en un lugar llamado “El fin del mundo”. Tanto Andros como Valentina tomaron la invitación un tanto fuera de lugar pues ambos estaban fuera de ese mundo vertiginoso, lleno de alcohol, cigarro y música ruidosa. Sus fines de semana eran un tanto aburridos pues las pocas fiestas a las que iban eran por parte de los amigos del club deportivo al que asistía Andros casi por obligación y para Valentina las fiestas eran en restaurantes, con sus familiares que comían y bebían hasta el hartazgo. Para Andros, la invitación de Rogelio pasó desapercibida pero tenía un contexto de subterfugio pues Rogelio vería la oportunidad de conocer a Karma, hermana de Andros, pero curiosamente primero quiso ganarse al cuñado. Mucho tiempo después se devanaría el cerebro meditando acerca de que tan maquiavélicos pueden ser los seres humanos para lograr sus fines y dudaría de la amistad que tuviera con Rogelio tanto así que sólo cuando se casó con Xan experimentó un alivio pues solo en la adultez los dos tendrían la amistad que alguna vez pudo nublarse gracias a la bizarra triangulación entre ellos y Karma. Rogelio no sería el último amigo que pretendiera a Karma, también lo estarían Jovi y Thiago. Con este último, Andros compartiría muchos momentos de amistad que verían un final en cada discusión, en cada lágrima de Karma, en cada desazón de su relación. Terminaría encontrando la verdad absoluta de la inconformidad innata, dueña del destino que habría de marcar la vida de Karma y de Andros. Sujetos a fundamentos existencialistas y pesimistas los hermanos despojaban de virtudes a la virtud misma, encontraban el inexistente defecto en la perfección para convocar al ciclo eterno de encontrarse y perderse, de amar y odiar, de tomar y dejar, de vivir y olvidar. Y en el devenir algunas palabras se perdieron o quedaron impronunciables que se van desvaneciendo hasta convertirse en sueños que atrapan a Andros en una realidad nebulosa, quizá para él sea más cómodo vivir en los sueños pues es ahí donde verdaderamente siente el amor sin restricciones, como si en los sueños las emociones fueran puras o tal vez yendo un poco más allá sea en los sueños donde las almas se comuniquen libremente sin secretos.
Y cuando las bondades de la juventud, escondidas en los cuerpos vibrantes de todas las mujeres que amó, se regalaban a media luz y el deseo los consumía a ambos, como cuando Karma invitó a sus amigas de la escuela y empezaron a tomar y conoció las formas voluptuosas de Helen. O en un murmullo se acercó a Thalina para besarla y apenas aplacar su erección presionándose contra su pequeño cuerpo o probar la boca de Nelly e imaginar sus formas o besar a Mariana, besar, besar, besar, al parecer el pecado solo entró por la boca de Andros pero se reservó a hacer el amor con Valentina nada mas, aunque tuvo decenas de oportunidades tenía un cierto sentido del bien y no se acostó con nadie más hasta años después que tuvo a Alondra y sentía su interior anillado y ajustado.
Las dos veces más memorables en que había hecho el amor con Valentina ella había llorado. La primera vez, venían de un club, Karma, Manuel, Valentina y Andros. Compraron un vodka en botella de plástico y se embriagaron, Karma y Valentina se besaban quitadas de la pena y cuando llegaron a la casa Andros quiso ir mas allá, jugando con lo prohibido sabía que estaba ebria y que lo amaba más que nunca así que fue por más y más sabiendo de su miedo a quedar embarazada la penetró sin condón y luego quiso entrar o tal vez entró un poco en ella, en medio de sus glúteos perfectos, tocando ese botón que conecta con la lujuria pura, ella lloró y el eyaculó por primera y única vez. La segunda vez que lloró fue cuando ya no eran novios y hacían el amor por última vez. Después de un proceso que duró un año donde Valentina esperaba entrar a la escuela de medicina y Andros estudiaba mercadotecnia y hubo una vez donde Andros quería visitar a Valentina y ella no pudo porque estaba estudiando. Andros rabiando le dijo que nunca más quería saber de ella y así por teléfono sellaron su destino aunque todavía se vieron un año más y las palabras ya no la tocaban, soñaba que se cerraban puertas tras ella, soñaba con su mirada fría, se había acabado esa sensación de infinito que respiraba de su aliento, el sublimar los actos más ínfimos y ser cómplices noctámbulos. Pero ahora sabía que la había perdido y vivía en la inconsciencia extrañando lo que sería el congenio con su alma gemela. La llamaba musa y se sometió a un psicoanálisis exhaustivo tratando de olvidarla, de colocarla en algún lugar de su cerebro, de su corazón donde no sintiera dolor, un dolor obvio y funesto que le hacía ver su realidad de perdedor anhelando obsesivamente un pasado que jamás iba a regresar. El abrazo de Valentina lo envolvía en luz, imaginaba esa burbuja impenetrable y el primer contacto le indicó que sería la mujer de su vida, sólo reposo su cabeza en el regazo de Andros, tiempo después su cuerpo aprendería a explotar en un remolino sensorial y todo iniciaba con solo tocar su piel…
Octavio Paz
Para los amantes
Para dos adolescentes un poco de luz, es demasiada mientras se acarician y las hormonas en sus cuerpos estallan en pasión benevolente, la cual los deja sin aliento y de su mirada cómplice, brota la chispa del deseo. Alondra aferrada a los brazos de piel tostada de Andros, se abandona a las caricias que hurgan en su pecho voluptuoso al mismo tiempo que ofrece su boca de labios abultados que Andros muerde con vehemencia y en su delirio, olvida a Valentina, su novia por más de un año y mejor amiga de Alondra.
En el piso superior de la casa, los padres de ella, inadvertidos, miran desentendidos televisión. La hermana menor Eloisa se observa al espejo, tiene doce años, es esbelta, vivaz, alegre, apenas está entrando a la pubertad que no pasa desapercibida pues sus pechos empiezan a asomarse, tímidos por encima del uniforme de la secundaria. En una plática que tienen Alondra y Valentina comentan que Eloisa confesó que una ligera pelusa ya cubre su sexo virginal no conteniendo una risa delatadora. Andros no puede evitar pensar en la niña transformándose en mujer y a la mujer en amante.
Las caricias que se van pronunciando impulsivas al igual que las palabras. Llegan a los oídos como un murmullo, como frases incompletas que juegan a seducir, el deseo juega con ellos y ellos con las palabras. Juegan a ser amantes y en su juego mantienen las indirectas como vía de comunicación, ser directo, pedir, significaría dejar de jugar, así que Andros se insinúa - Le quiero presentar un amigo a tu amiga – tocando su miembro con una mano y con la otra acariciándola entre las piernas. – Pues preséntaselo- dice ella coqueta. Andros se saca el miembro duro como roca y ella lo acaricia. – Hay un poco de lluvia- le dice en alusión a lo húmeda que esta. Así entrelazados pagarían un precio muy alto; Alondra perdería a su mejor amiga y André la cordura; nunca encontraría a alguien como Valentina.
Está tan cerca el uno del otro y es la primera vez que van más allá todo ha sucedido tan natural que solo es inadecuado y están fuera la perversión o la traición. La juventud es el momento donde brotan las oportunidades como en un manantial y la sed, es perenne, saciarla podría significar utilizar todas las fuentes posibles. Andros rodeado de seres queridos, amigos, familia y también mujeres extraordinarias, mujeres que se sienten cómodas con su presencia y le regalan su risa, su beso, su cariño. Mientras Andros convierte todo en un sueño donde descubre que cualquier cosa puede pasar y es así que comienza a ver a Alondra en su casa, platican y en una ocasión no puede contenerse más y la empieza a envolver con retórica, la sabiduría abandona su corazón entonces se inunda de deseo y las palabras impronunciables, la propuesta de arrojarse al vacío juntos.
¿Qué harías si estuviéramos solos en una isla tu y yo?- pregunta Andros leyendo en su respuesta el deseo. Ella tal vez imagine que Andros está dispuesto a dar el siguiente paso, sin importar las consecuencias.
Por esas fechas Andros aprendería a patinar y siendo una persona muy deportista vería en el hockey sobre ruedas una oportunidad de hacer algo que rompiera la rutina de jugar basket ball todos los sábados y domingos y volley ball entre semana en sus horas libres en la escuela. Un restaurant muy conocido que nunca tuvo mayor audiencia se incendia y antes de convertirlo en una exitosa gasolinera, con su piso liso, se convierte en pista para aprender este deporte casi exclusivo para países del norte. Se consolidan varias cosas al practicar en esa área: su amistad con Rogelio y la aventura amorosa con Alondra. Un día Andros invitaría a Alondra a verlos jugar hockey, siendo casi vecinos a ella no le resulta difícil acceder y Andros se imaginaba que no habría nadie pero no estaba seguro, todo era tan natural tan inofensivo, fueron juguetes del deseo, imponer la voluntad solo sería frenar al destino que les regalaba la posibilidad de ser felices, para Andros significaría salir de la rutina con Valentina, encontrar la cura para su mal, estar vacío por dentro, estar muerto sin empatía pues Valentina le daba todo y más pero el ser humano en búsqueda de emociones es un ser llevado a la deriva y busca traspasar las barreras que se le imponen, barreras morales que hubieran formado principios sólidos y que teniendo en sus manos la forma de controlar su vida simplemente se dejo llevar. Al estar solos en el atardecer lo que con Valentina llamaría la hora azul, por fin pudo calmar su ansia y besar esa boca de labios hinchados. Encontrar un placer que le cosquilleaba el plexo solar, como si su alma rebosante explotara en juegos pirotécnicos, por fin, tenía lo que él quería, craso error, hubiera deseado tener una vida con sentido, tal vez un trabajo y familia propia como la mayoría de la gente, pero no Andros anheló tener lo prohibido y eso fue lo que obtuvo. Seducir a dos mujeres vírgenes, paso a paso sin desesperación, inyectando pequeñas dosis de narcotizante placer y sin barreras de conciencia se abrían paso al portal mismo del erotismo, cada caricia, cada beso los sumergía en un oasis sensorial, reconociendo los límites de la intimidad, tocando ese cuerpo electrizado con los senos brotando regalándose a la vista, al tacto, al gusto. Con esos besos prohibidos sellaron su destino. Andros estropearía su relación con Valentina pero hubo un momento que quiso arreglar las cosas. Siendo consciente de su debilidad de espíritu, hablaba con Valentina externando su gran aversión a la rutina, su autoestima era baja y no podía ver lo afortunado que era solo una emoción de aburrimiento lo inundaba y su instinto le indicaba que era hora de huir, pero Valentina estaba muy enamorada, se aferraba a su amante con locura y aunque se decidió varias veces alejarse siempre volvían las promesas, el arrobamiento los cegaba pues tocarse y acariciase los transportaba a un lugar donde no había dudas, ni miedos, solo la seguridad de juntos el mundo era cosa aparte.
Los tres eran muy buenos amigos que junto con Mariela serian inseparables en el primer año de preparatoria. Andros tenía todo y más de lo que pudiera desear en la adolescencia, juventud, popularidad, salud, con una sonrisa encantadora y no tenía ningún vicio. Y así se permitió soñar y darse cuenta que entraba a un mundo donde nada era imposible.
Un día jugando volley ball observo a Mariana, trigueña; rubia de ojos azules y gran trasero, caminaba cerca de la cancha.
- ¡Mira que guapa! – le decía a Morgan amigo de la secundaria- Un día va a ser mi novia – decía Andros soñando despierto.
Todos los días Andros caminaba el trecho que lo separaba de su hogar a la escuela. Su madre se levantaba y le preparaba un licuado y tal vez algún alimento para que lo comiese en el receso. Su padre fumador empedernido anunciaba su presencia con el humo del cigarrillo que aromatizaba la mañana. En el camino frente a una empresa extranjera que según escucho se encontraba en huelga, observaba una habitación rústica, improvisada en la calle. Hecha de madera apenas si resguardaba al velador y su mujer del inclemente frío. Todos los días los veía hacer una fogata para preparar un poco de café y calentar frijoles para el desayuno.
-Buenos días puedo pasar – decía Andros y entraba al salón de clases de su nuevo grupo. Tenía poco de haberse cambiado pues pertenecía a otro grupo que salía más tarde y tuvo que arreglárselas con los coordinadores para que lo cambiaran argumentando que entrenaba natación en las tardes. Fue así que le dijeron que encontrara a alguien que le permitiera cambiar de horarios así fue que su amigo Axel accedió a hacer el cambio de horarios. Tal vez para Axel seria un simple cambio de horario pero para André seria un cambio de vida total.
Había veces que no llegaba a tiempo a la clase y el profesor no lo dejaba entrar así que se encaminaba a las canchas. Esa mañana hacia mas frio de lo usual así que tardo un poco más de lo normal en entrar en calor. En un movimiento extraño, el joven que tenía delante soltó una manotada para arrebatar el balón de basket ball y rozó su boca lo suficiente para producirle una cortada. Extrañado por la herida pues el golpe no había sido fuerte ni malintencionado se encamino a la enfermería y fue donde encontraría a Mariana, la trigueña de ojos azules. Se harían amigos y tiempo después en una excursión Andros acostumbrado a hacer las cosas por impulso le robaría un beso y el corazón, tiempo después.
Los pezones rosas de Valentina despedían un aroma exquisito, diferente, tenue. Sus aureolas eran grandes considerando las proporciones pues sus pechos que eran menudos y firmes. El tocarlos hacia que ambos experimentaran sensaciones extasiantes. Tardarían dos años en tener relaciones sexuales mientras tanto jugaban con sus cuerpos. Ya eran novios formales pero aun eran inexpertos y espontáneos el solo estar juntos hacia que todo pasara a segundo plano. Se acariciaban en el cuarto oscuro de la casa a medio construir que sus papas habían comprado en una zona lujosa alejada del bullicio que ya se empezaba a formar en la parte norte del estado de México, una zona boscosa que olía a humedad y que aun años después ese olor a humedad combinado con el frio traería recuerdos de sus encuentros con Valentina, donde encontraba el calor suficiente para olvidar todo. Se besaban hasta que los labios dolieran. Sus besos eran profundos y narcotizantes. Cada que se tocaban, sus cuerpos hacían una promesa al deseo de entregarse y fundirse como uno, la promesa era suficiente para llevarlos a otra dimensión que se anunciaba con el advenimiento del embargo; el embargo del éxtasis. Enarbolados en caricias, con los miembros exángües entrelazados, contemplando el infinito con los cinco sentidos, el tiempo perdía su autonomía mientras nuestros cuerpos se entregaban a la voluntad del deseo.
- ¿Cuando crees que afloje el calzón?- preguntaba Andros a su mejor amiga Mariela - ¿Valentina? Yo creo que en cuanto quieras esta súper enamorada de ti – respondía ella. Había una cierta complicidad entre los dos, siendo buenos amigos se contaban todo incluso cosas demasiado íntimas como aquella vez que le confió como su novio le metía los dedos para excitarla que metía dos dedos y a ella le dolía pero le decía que siguiera. Volverse tan íntimos era algo natural para André quien proyectaba confianza y la gente, las mujeres en especial, confiaban en él, le contaban sus secretos mas íntimos.
Era la primera vez que Alondra estaba en una habitación de motel para tener sexo. Beberían una botella de anís pues es lo único que encontraron. Apuraba los tragos entre bromas y confesiones de amigos. En más de una ocasión pasaban de besos a las caricias, de las caricias a intentar hacer el amor, los dos eran vírgenes, inexpertos y hubo muchas ocasiones para después de probar el sexo de Alondra con la boca, pudo haberla penetrado, encerrarse en esa cárcel elástica y llevarla al delirio. Una vez estando los dos en su casa, su padre llegaría del trabajo y la madre entonces iría por él. En cuanto se fue los dos subieron al cuarto de ella. Empezaron a besarse y el momento los sorprendió y estaban acariciándose casi con frenesí. Al acariciarla entre las piernas percibió humedad en demasía, sus cuerpos pedían más y cada vez más pero serían unos años después cuando por fin consumarían su prohibido y espontáneo amor. Esa vez en el hotel, ya desnudos tomarían vino tinto y Andros no podía dejar de acariciarla. Andros le daba demasiada importancia a las caricias, a no tener prisa y su proceder contribuiría a disfrutar las bondades de Alondra por al menos una decena de años.
Valentina es una chica inteligente, que siempre gusta de la compañía de sus amigos y familiares. Teniendo una doble nacionalidad, norteamericana y mexicana, tendría en casa unos padres intelectuales, los dos profesores de una prestigiada Universidad pública. Al conocerse, Andros no podía dejar de observar su trasero prominente que sobresalía de su esbelto y espigado cuerpo de tez blanca que tiempo después se tiñería con un rojo manzana en las mejillas. Los colores eran profundos, rosa pálido en aureolas, vagina, boca, un café limpio, brilloso en sus grandes ojos, negro para su cabello sedoso y un aroma inigualable, angelical cada que estaba con ella se sentía tan afortunado que su mente le jugó un truco muy bajo, sabía que era tan perfecto que no duraría así que abandonó la esperanza o más bien la esperanza lo abandonó, lo colocó a la deriva en una vida prestada donde no era protagonista solo espectador, así que solo tenía una motivación: el placer. Tiempo después reconocería que amó mucho a esa mujer pero era tanto el placer que le provocaba estar con ella que su mente se nubló y jamás peleó por conservar ese, su primer amor, perdido en el delirio del placer. En cambio ella se entregó en cuerpo y alma. Su mundo era solo él, y al no tenerla Andros la veneraría como a una Diosa por el resto de su vida, vacía de emociones que después de muchas noches delirantes lo empujarían a viajar, a dejar atrás esos recuerdos tan felices para encontrar refugio en los horizontes, con la mar, con las montañas, la nieve, los amaneceres, las lunas llenas, la arena, la noche, conocería la más absoluta soledad en compañía de los recuerdos, en el mejor de los casos, pues los sueños traerían consigo tal carga emocional que al despertar casi percibiría el aroma de su piel, su mirada que lo emancipaba de la vida para embriagarlo con la dulzura de su intimidad evaporándose en la boca como probar un fragmento de cirro, de caramelo derretido que la inundaba por dentro y se regalaba al menor contacto. Así todo el cosmos contenido, explotaba en un incendio que los cegaba con partículas invisibles, los dejaba vacíos y con el corazón resplandeciente, mientras ellos se abandonaban al placer el tiempo perdía su autonomía y se convertía en algo exangüe como el listón que cae luchando con la débil atmosfera que lo sostiene. Su divinidad y su humanidad dependían de un beso y era tan evidente su fusión eterna que encontraban la forma de huir para perderse en la congruencia de la vida y evitar la trascendencia. Tenían miedo al amor como se tiene miedo a la muerte. Valentina se aferró al amor como Andros se aferró al desamor, pues todo se acaba y Andros de alguna forma inmortalizó el sentimiento que Valentina despertaba en él, convirtió en una leyenda personal lo que en cualquier caso sería una vida normal, de pareja. Su novia, su compañera sería elevada a musa y estaba resignado a perderla como se pierde eventualmente la vida, estaba convencido de que la perdería y entonces al tenerla, al poseerla la dejaba ir pero ella volvía con más fuerza, se obsesionó con el paraíso perdido y Andros convertía ese paraíso en un desierto donde la mas mínima gota calmaría su sed aunque a su lado tenía un manantial del cual manaba luz liquida infinita. En las hendiduras más intimas del ser, en su figura rubicunda abundante en carnes donde era necesario, en su femineidad de floreciente erotismo, en la suavidad de su piel que parecía eterna, en la calma de su cálido abrazo se encontraban los mismos motivos para vivir que para morir, un instante era una eternidad y al abrir y cerrar los ojos ella ya no estaba, su mirada era fría y al convencerla de su banalidad, al quitársela de encima, de eclosionarse, cometía suicidio emocional, el vacío que quedaría sería enorme y ningún remedio al menos terrenal aliviaría su aflicción.
Rogelio apareció en sus vidas, les extendía una invitación para disfrutar del ambiente nocturno en un lugar llamado “El fin del mundo”. Tanto Andros como Valentina tomaron la invitación un tanto fuera de lugar pues ambos estaban fuera de ese mundo vertiginoso, lleno de alcohol, cigarro y música ruidosa. Sus fines de semana eran un tanto aburridos pues las pocas fiestas a las que iban eran por parte de los amigos del club deportivo al que asistía Andros casi por obligación y para Valentina las fiestas eran en restaurantes, con sus familiares que comían y bebían hasta el hartazgo. Para Andros, la invitación de Rogelio pasó desapercibida pero tenía un contexto de subterfugio pues Rogelio vería la oportunidad de conocer a Karma, hermana de Andros, pero curiosamente primero quiso ganarse al cuñado. Mucho tiempo después se devanaría el cerebro meditando acerca de que tan maquiavélicos pueden ser los seres humanos para lograr sus fines y dudaría de la amistad que tuviera con Rogelio tanto así que sólo cuando se casó con Xan experimentó un alivio pues solo en la adultez los dos tendrían la amistad que alguna vez pudo nublarse gracias a la bizarra triangulación entre ellos y Karma. Rogelio no sería el último amigo que pretendiera a Karma, también lo estarían Jovi y Thiago. Con este último, Andros compartiría muchos momentos de amistad que verían un final en cada discusión, en cada lágrima de Karma, en cada desazón de su relación. Terminaría encontrando la verdad absoluta de la inconformidad innata, dueña del destino que habría de marcar la vida de Karma y de Andros. Sujetos a fundamentos existencialistas y pesimistas los hermanos despojaban de virtudes a la virtud misma, encontraban el inexistente defecto en la perfección para convocar al ciclo eterno de encontrarse y perderse, de amar y odiar, de tomar y dejar, de vivir y olvidar. Y en el devenir algunas palabras se perdieron o quedaron impronunciables que se van desvaneciendo hasta convertirse en sueños que atrapan a Andros en una realidad nebulosa, quizá para él sea más cómodo vivir en los sueños pues es ahí donde verdaderamente siente el amor sin restricciones, como si en los sueños las emociones fueran puras o tal vez yendo un poco más allá sea en los sueños donde las almas se comuniquen libremente sin secretos.
Y cuando las bondades de la juventud, escondidas en los cuerpos vibrantes de todas las mujeres que amó, se regalaban a media luz y el deseo los consumía a ambos, como cuando Karma invitó a sus amigas de la escuela y empezaron a tomar y conoció las formas voluptuosas de Helen. O en un murmullo se acercó a Thalina para besarla y apenas aplacar su erección presionándose contra su pequeño cuerpo o probar la boca de Nelly e imaginar sus formas o besar a Mariana, besar, besar, besar, al parecer el pecado solo entró por la boca de Andros pero se reservó a hacer el amor con Valentina nada mas, aunque tuvo decenas de oportunidades tenía un cierto sentido del bien y no se acostó con nadie más hasta años después que tuvo a Alondra y sentía su interior anillado y ajustado.
Las dos veces más memorables en que había hecho el amor con Valentina ella había llorado. La primera vez, venían de un club, Karma, Manuel, Valentina y Andros. Compraron un vodka en botella de plástico y se embriagaron, Karma y Valentina se besaban quitadas de la pena y cuando llegaron a la casa Andros quiso ir mas allá, jugando con lo prohibido sabía que estaba ebria y que lo amaba más que nunca así que fue por más y más sabiendo de su miedo a quedar embarazada la penetró sin condón y luego quiso entrar o tal vez entró un poco en ella, en medio de sus glúteos perfectos, tocando ese botón que conecta con la lujuria pura, ella lloró y el eyaculó por primera y única vez. La segunda vez que lloró fue cuando ya no eran novios y hacían el amor por última vez. Después de un proceso que duró un año donde Valentina esperaba entrar a la escuela de medicina y Andros estudiaba mercadotecnia y hubo una vez donde Andros quería visitar a Valentina y ella no pudo porque estaba estudiando. Andros rabiando le dijo que nunca más quería saber de ella y así por teléfono sellaron su destino aunque todavía se vieron un año más y las palabras ya no la tocaban, soñaba que se cerraban puertas tras ella, soñaba con su mirada fría, se había acabado esa sensación de infinito que respiraba de su aliento, el sublimar los actos más ínfimos y ser cómplices noctámbulos. Pero ahora sabía que la había perdido y vivía en la inconsciencia extrañando lo que sería el congenio con su alma gemela. La llamaba musa y se sometió a un psicoanálisis exhaustivo tratando de olvidarla, de colocarla en algún lugar de su cerebro, de su corazón donde no sintiera dolor, un dolor obvio y funesto que le hacía ver su realidad de perdedor anhelando obsesivamente un pasado que jamás iba a regresar. El abrazo de Valentina lo envolvía en luz, imaginaba esa burbuja impenetrable y el primer contacto le indicó que sería la mujer de su vida, sólo reposo su cabeza en el regazo de Andros, tiempo después su cuerpo aprendería a explotar en un remolino sensorial y todo iniciaba con solo tocar su piel…
lunes, 31 de enero de 2011
INFAMES LITIGIOS DE LA INCONCIENCIA
Los momentos de felicidad tan lejanos en el tiempo, continuaban diluyendo el sentimiento de dicha del presente, donde la identidad sombría del viajero es matizada por los recuerdos, que, meditabundo recorre pueblos, playas y ciudades hasta llegar a los lejanos paisajes invernales, impregnados de una sobria serenidad, de una apacible extrañeza donde experimentó la más absoluta soledad. Esa soledad absorbente y tediosa que lo perseguiría, imposibilitándolo a recibir placer; sufría la pérdida del amor de Arlette aún amándole y se extrañaban sus besos, aun besándola. Tal vez una enfermedad física sería más soportable con la esperanza de una cura.
La bestia incólume del ansia, hacía de la belleza de Arlette, una belleza ajena con sus dos ojos azules como hielos incubándose en la cara de piel pigmentada, una piel que es suave, aromática salpicada con pequeños puntos cafés como un mapa astral tegumentario y como si estuviera aplicando un bálsamo invisible, Vor recorre esa vastedad tersa con sus manos cálidas besando aquí y allá encontrando en los resquicios de esa piel que son boca y vagina, humedad, la pasión la sorprende en los senos, restregando el calor de las palmas en las protuberancias, algunas veces húmedas, otras veces con los poros abiertos con todo el aroma y la piel susceptible y de pronto una hendidura en esa carne tibia y las extensiones del cuerpo de Vor de las mas mínimas quieren entrar y alojarse en las hendiduras pulsantes. Arlette es una rubia de belleza foránea, su cabello cremoso, de un rubio glamoroso en algunas partes y café profundo en otras, tirado por la gravedad y la humedad. Con el sabor de su sexo en la boca Vor observa como su belleza es ajena y distante, solo lograron momentos de unidad mientras la tomaba con vehemencia, persuadiéndola de gozar simultáneos, abstraídos de toda realidad mientras devoraba la flor que eran sus labios vaginales perfectamente detallados y esa nutritiva dulcificación que supuraba, ese néctar femenino que manaba abundante de los resquicios de su cuerpo donde se hundían todos lengua, dedos y miembro viril. Vor extenuado de pertenecer al erotismo, sudaba y besaba la boca de Arlette que se ofrecía semiabierta. Afuera llovía y se extendía una ligera neblina que invitaba a no inmiscuirse en ese misticismo, invitaba a quedarse abrazados, habitados Vor en el cuerpo de Arlette, inmersos en esa calidez corporal tan agradable que se sucedía aleatoria en posiciones y formas pero siempre en movimiento, aunque, había momentos donde acezando, Vor contaba historias de fantasmas acaricianba esa piel elástica percatándose de lo perfecto que era ese momento. Hablan de la belleza como si fuera algo externo siendo ella una de sus manifestaciones y a veces el silencio los sumergía en meditaciones acerca de la noción que existía fuera donde el aire tibio endulza a tal grado el ambiente, que casi promete un floral en el umbral de la puerta, todo es calidez embriagante. Vor con acariciando las nalgas protuberantes y tibias de su amante suprime el deseo de gritarle al sol que nunca se vaya de ese ambiente húmedo con aroma a flores y lluvia. Descubre su furor por la vida y la soledad que se eclipsa, evaporándose como el sudor del rostro de ambos. Y los labios de Arlette que murmuran frases de lubricidad casi prohibida, labios que se desperdician si no son besados y él evoca palabras de tal solemnidad que solo el corazón puede leer. En el ocaso de ese día la dosis de placer puede ser tan efímera que podría desaparecer con solo parpadear
La inmutable paz que se reserva a los que tienen corazón de oro, aguarda pacientemente al que lucha por sobre oleadas de tiempo para untarse como bálsamo sobre el alma y de una vez por todas sanar toda herida infligida por los sin sabores de la juventud en agonía. El mundo entero en un eterno laberinto sin fin donde entre sus vericuetos existen las cosas más exquisitas tan evidentes para unos como inalcanzables para otros. En esa soledad insondable, los pensamientos más perversos tienen su cuna. Arremeten con tanta naturalidad que el solitario los adopta como propios y cuando éste, el viajero, el ser humano incompleto con el alma hecha un despojo convierte sus pensamientos en una acto real de egoísmo, cuando la noche es más oscura, es ahí donde se hace un pacto con el silencio, inconsciente para encontrar fin al suplicio, erradicar el dolor con placer puro, carnal.
La habitación entonces se convierte en un santuario impenetrable donde no existen miedos, dudas o exámenes de conciencia. Los dos cuerpos entrelazados se convierten en la máquina perfecta que le da movimiento eterno al cosmos, pero los amantes, ignorantes a este hecho se entregan a las caricias que los hacen sentir casi inmortales. Dentro de ese santuario cualquier aberración desaparece y cualquier acto de amor aun así el más ínfimo se une a lo sublime a lo significativo, siendo ellos dos vehículos de algo incorpóreo que los protege de sus propios instintos. Debería existir dentro de un tipo de religiosidad alejada de cualquier dios la cual se manifieste en caricias que una vez efectuadas inflamen al ser erótico que simbiótico conjure la magnificencia del secreto de la vida alejados de toda inmundicia. Son las deidades femeninas guías de lo inherente, pero también son ellas las que guían al abismo tal vez por la belleza de sus rasgos, la voluptuosidad de su figura o el interminable gozo del placer en el que cualquiera puede perder el alma. El acto es puro, las mentes lo son aún más, es la carne la que confiere el matiz pecaminoso donde la balanza se inclina hacia una maldad perpetua que se filtra en un beso. Entonces ocurre el maleficio, el santuario, el congenio, el confort, incluso el paraíso pierden sentido. Ahora el corazón de ambos clama por ir más allá e inundado de pasiones febriles heréticas convierte a su amada en un objeto, donde deposita toda clase de pensamientos perversos y un tanto sadistas entonces la mujer experimenta miedo del cual, la bestia que habita dentro nosotros se alimenta sobradamente.
II
La naturaleza de Amatlán se impone a cualquier deseo. El aire fresco disipa el calor que momentos antes incineraba nuestras vísceras. Una ligera niebla acaece sobre el lugar adoptándola como parte de la mística del lugar y la vista es el primer sentido que despierta del sopor. La risa despierta el segundo sentido junto con la música que inunda el silencio con el cerro del Tepozteco imperante en el paisaje, el oído expectante absorbe la inmensidad del cielo desquebrajándose en llovizna. La garganta es lacerada por el tequila que despierta el tercer sentido, amilanado por la dulce saliva. En el lecho esta la figura inánime de la mujer a la cual se le ha hecho el amor incontables veces. Su cuerpo permanece lánguidamente cómodo a la mirada expectante de Vor el cual toma fotografías del portento de mujer que tiene a su lado aunque ella hubiera preferido palabras tiernas. Y de cierta forma piensas que el silencio la incómoda es más, la lastima, lo irracional que parecería dañar ese ser exangüe, lo inconcebible que sería poner fin al placer de una forma que el dolor crecería inconmensurablemente hasta suplicar la muerte. Con un segundo beso se desvanecen todos los pensamientos y deslizando una mano, Vor intenta abrazarla pero su caricia dirigida originalmente al cuello huye a un seno, presionándolo suavemente en su curvatura, abarcando toda la palma aquella glándula revestida de la más delicada y suave piel casi se puede distinguir un aroma secreto emanando de los senos de Arlette que son asediados por caricias cada vez más profundas. Arlette responde a la caricia y se quita la camisa mientras Vor se adhiere a sus pechos con la boca y acaricia su cabello rubio que le recuerda el Sol, el oro, la paja, una muñeca con cabello rubio.
- ¿Quieres ser el objeto de mi deseo? – dices casi murmurando – ella asiente y la despojas de sus demás prendas dejando para el ultimo sus bragas. Ya sin ellas Vor acaricia con las pestañas el delicado clítoris y pregunta si ella siente ese cariño para luego introducir no uno sino dos dedos que encuentran una carne elástica y húmeda en moderación, cuestión que se intensifica al proceder de lengua quisquillosa y conjuntamente Arlette tiene un orgasmo. Se contonea por la electricidad que recorre todo su cuerpo hasta la punta de los pies. Su cianótico iris parcialmente cubierto por los párpados y su voz melosa que halaga los labios de su amante ya con todos los sentidos despiertos hacen el amor una vez más, gozosos, entregados a su pasión espontánea, implosiva.
De los deseos más ínfimos ¿Cuál es el que de alguna forma suprime la razón abrumando los sentidos y nos convierten un animal hedonista? El ritual en el cual son participes los amantes y se manifiestan en sus cuerpos y sus mentes es un ritual de rebelión por medio del erotismo, esta rebelión invoca a la inmortalidad, al amar probamos un instante de lo que sería el infinito y burlamos el destino por un segundo e intentamos en esa alquimia corporal vencer al tiempo y de ahí la necesidad del ser humano en convertir lo gregario, en fraternal, del acto privado, en orgía, del placer a la aberración.
Esa noche despertaron abrazados. Vor moría de frío en la casa de campaña y nunca fue su intención usar ese cuerpo humano que yacía a su lado como un manto térmico. Fue así que se cobijó primero los brazos luego las piernas, luego la boca, por último su tieso miembro que encontró el más cómodo de los alojamientos dentro de Arlette que supuraba ya néctar de entre sus piernas. El movimiento de las caderas de Vor sa sigiloso, acelerado como conejo en ascuas observando el cielo mientras se aparea para no ser sorprendido por el ave rapaz en esa madrugada fría estival. Todavía en la ensoñación, en el encanto del sueño veía a su amada tan cercana a él y en su corazón apareció una grieta pues el acto estaba basado en algún sortilegio químico del cuerpo y no algo trascendental como símbolo de unidad. Aún así entrar en ella te producía un cosquilleo y un furor adictivo. Ella postrada con el trasero al aire, él sudoroso, ansioso casi beligerante. Minutos que pudieron ser horas, Vor salió de la casa de campaña observando una última brasa que consumía una débil llama, signo de la noche anterior donde se reunieron con varios amigos. Estaban en el aire las pláticas improvisadas, las risas incontenibles, las pláticas sin sentido alguno, la comida orgánica y de estos restos tomo un par de champiñones frescos y los untó con queso crema una delicia de antología. Se recostaron en la hamaca y la primera caricia los invadió de una oleada de calor que empezaba en el bajo vientre y terminaba en los sexos hambrientos. Entraron a la casa y en el colchón de aire copularon como si no hubiera mañana, también en la regadera y otra vez en el colchón. La tarde anunció su culminación con un destello de azul y se quedaron dormidos. Javier soñó con su familia, todos reunidos en una fiesta dominical, incluso Arlette. Se olvidaba hambre, miedo, cotidianidad. Ella silenciosa, complaciente, inexpresiva su cuerpo respondía a las embestidas rítmicas, logrando penetrar con profundidad, rozando los bordes de su interior, probando su boca como si fuera una fruta jugosa.
Cayó la noche y compraron vino y cervezas. Tomaron, rieron y jugaron. Se besaron, se acariciaron, se hicieron el amor y a media noche ella insistió a tomar aire, a caminar por el pueblo. Vor accedió ya dentro de un sopor etílico, desinhibido casi soberbio. Tomados de las manos, salieron de la casa. Las calles estaban desiertas y al caminar solo encontraron media docena de perros reunidos y tomaste unas piedras por protección pero uno de los perros se acercó a ellos y Javier acarició su cabeza de ahí el perro los siguió un par de calles más y desapareció. Se estaban acercando al cerro del Tepozteco, tan mágico y misterioso. En una de las calles un caballo y sus potrillos les cortaron el paso al galopar suavemente después encontraron un camino que los llevaba a la parte ya despoblada. Avanzaron y en Vor se concibió el impulso de tener a Arlette una vez más pero ahora en el exterior, ella estaba a la expectativa tenía miedo. Se dejó acariciar ajena a la lujuria latente y Vor hurgaba sus senos, palpaba su sexo, buscaba encender la pasión ahí en la intemperie. De pronto de entre esa maleza llena de sombras se escucho un gruñido. Un gruñido demasiado gutural para ser de perro y lleno de furia contenida, casi con personalidad como si fuera una advertencia. En un segundo las conjeturas mas lógicas fue pensar que era uno de esos perros noctámbulos pero sin hacer ningún ruido y movimiento se quedaron inmóviles. De donde provenía el gruñido solo había sombras de maleza. No estaba tan oscuro, se podían identificar siluetas de arboles grandes, medianos, arbustos pero en ese lugar no había nada, el gruñido fue absolutamente infrahumano como el deseo de Vor por Arlette. Vor ebrio y soberbio retó al viento y como no tuvo respuesta siguió asediando a su pareja que se mantenía inerte ya sea por miedo o por estar alerta y mientras Vor acariciaba sus senos ella mortificada murmuraba el irse de ahí. De la noche se había manifestado un fenómeno difícil de explicar con muchas connotaciones. La realidad es que Vor algún día encontraría a ese demonio que le advirtió sobre su sexualidad torcida que debe reservarse a la privacidad del hogar no a la naturaleza caótica, indescriptible y muchas veces peligrosa.
La bestia incólume del ansia, hacía de la belleza de Arlette, una belleza ajena con sus dos ojos azules como hielos incubándose en la cara de piel pigmentada, una piel que es suave, aromática salpicada con pequeños puntos cafés como un mapa astral tegumentario y como si estuviera aplicando un bálsamo invisible, Vor recorre esa vastedad tersa con sus manos cálidas besando aquí y allá encontrando en los resquicios de esa piel que son boca y vagina, humedad, la pasión la sorprende en los senos, restregando el calor de las palmas en las protuberancias, algunas veces húmedas, otras veces con los poros abiertos con todo el aroma y la piel susceptible y de pronto una hendidura en esa carne tibia y las extensiones del cuerpo de Vor de las mas mínimas quieren entrar y alojarse en las hendiduras pulsantes. Arlette es una rubia de belleza foránea, su cabello cremoso, de un rubio glamoroso en algunas partes y café profundo en otras, tirado por la gravedad y la humedad. Con el sabor de su sexo en la boca Vor observa como su belleza es ajena y distante, solo lograron momentos de unidad mientras la tomaba con vehemencia, persuadiéndola de gozar simultáneos, abstraídos de toda realidad mientras devoraba la flor que eran sus labios vaginales perfectamente detallados y esa nutritiva dulcificación que supuraba, ese néctar femenino que manaba abundante de los resquicios de su cuerpo donde se hundían todos lengua, dedos y miembro viril. Vor extenuado de pertenecer al erotismo, sudaba y besaba la boca de Arlette que se ofrecía semiabierta. Afuera llovía y se extendía una ligera neblina que invitaba a no inmiscuirse en ese misticismo, invitaba a quedarse abrazados, habitados Vor en el cuerpo de Arlette, inmersos en esa calidez corporal tan agradable que se sucedía aleatoria en posiciones y formas pero siempre en movimiento, aunque, había momentos donde acezando, Vor contaba historias de fantasmas acaricianba esa piel elástica percatándose de lo perfecto que era ese momento. Hablan de la belleza como si fuera algo externo siendo ella una de sus manifestaciones y a veces el silencio los sumergía en meditaciones acerca de la noción que existía fuera donde el aire tibio endulza a tal grado el ambiente, que casi promete un floral en el umbral de la puerta, todo es calidez embriagante. Vor con acariciando las nalgas protuberantes y tibias de su amante suprime el deseo de gritarle al sol que nunca se vaya de ese ambiente húmedo con aroma a flores y lluvia. Descubre su furor por la vida y la soledad que se eclipsa, evaporándose como el sudor del rostro de ambos. Y los labios de Arlette que murmuran frases de lubricidad casi prohibida, labios que se desperdician si no son besados y él evoca palabras de tal solemnidad que solo el corazón puede leer. En el ocaso de ese día la dosis de placer puede ser tan efímera que podría desaparecer con solo parpadear
La inmutable paz que se reserva a los que tienen corazón de oro, aguarda pacientemente al que lucha por sobre oleadas de tiempo para untarse como bálsamo sobre el alma y de una vez por todas sanar toda herida infligida por los sin sabores de la juventud en agonía. El mundo entero en un eterno laberinto sin fin donde entre sus vericuetos existen las cosas más exquisitas tan evidentes para unos como inalcanzables para otros. En esa soledad insondable, los pensamientos más perversos tienen su cuna. Arremeten con tanta naturalidad que el solitario los adopta como propios y cuando éste, el viajero, el ser humano incompleto con el alma hecha un despojo convierte sus pensamientos en una acto real de egoísmo, cuando la noche es más oscura, es ahí donde se hace un pacto con el silencio, inconsciente para encontrar fin al suplicio, erradicar el dolor con placer puro, carnal.
La habitación entonces se convierte en un santuario impenetrable donde no existen miedos, dudas o exámenes de conciencia. Los dos cuerpos entrelazados se convierten en la máquina perfecta que le da movimiento eterno al cosmos, pero los amantes, ignorantes a este hecho se entregan a las caricias que los hacen sentir casi inmortales. Dentro de ese santuario cualquier aberración desaparece y cualquier acto de amor aun así el más ínfimo se une a lo sublime a lo significativo, siendo ellos dos vehículos de algo incorpóreo que los protege de sus propios instintos. Debería existir dentro de un tipo de religiosidad alejada de cualquier dios la cual se manifieste en caricias que una vez efectuadas inflamen al ser erótico que simbiótico conjure la magnificencia del secreto de la vida alejados de toda inmundicia. Son las deidades femeninas guías de lo inherente, pero también son ellas las que guían al abismo tal vez por la belleza de sus rasgos, la voluptuosidad de su figura o el interminable gozo del placer en el que cualquiera puede perder el alma. El acto es puro, las mentes lo son aún más, es la carne la que confiere el matiz pecaminoso donde la balanza se inclina hacia una maldad perpetua que se filtra en un beso. Entonces ocurre el maleficio, el santuario, el congenio, el confort, incluso el paraíso pierden sentido. Ahora el corazón de ambos clama por ir más allá e inundado de pasiones febriles heréticas convierte a su amada en un objeto, donde deposita toda clase de pensamientos perversos y un tanto sadistas entonces la mujer experimenta miedo del cual, la bestia que habita dentro nosotros se alimenta sobradamente.
II
La naturaleza de Amatlán se impone a cualquier deseo. El aire fresco disipa el calor que momentos antes incineraba nuestras vísceras. Una ligera niebla acaece sobre el lugar adoptándola como parte de la mística del lugar y la vista es el primer sentido que despierta del sopor. La risa despierta el segundo sentido junto con la música que inunda el silencio con el cerro del Tepozteco imperante en el paisaje, el oído expectante absorbe la inmensidad del cielo desquebrajándose en llovizna. La garganta es lacerada por el tequila que despierta el tercer sentido, amilanado por la dulce saliva. En el lecho esta la figura inánime de la mujer a la cual se le ha hecho el amor incontables veces. Su cuerpo permanece lánguidamente cómodo a la mirada expectante de Vor el cual toma fotografías del portento de mujer que tiene a su lado aunque ella hubiera preferido palabras tiernas. Y de cierta forma piensas que el silencio la incómoda es más, la lastima, lo irracional que parecería dañar ese ser exangüe, lo inconcebible que sería poner fin al placer de una forma que el dolor crecería inconmensurablemente hasta suplicar la muerte. Con un segundo beso se desvanecen todos los pensamientos y deslizando una mano, Vor intenta abrazarla pero su caricia dirigida originalmente al cuello huye a un seno, presionándolo suavemente en su curvatura, abarcando toda la palma aquella glándula revestida de la más delicada y suave piel casi se puede distinguir un aroma secreto emanando de los senos de Arlette que son asediados por caricias cada vez más profundas. Arlette responde a la caricia y se quita la camisa mientras Vor se adhiere a sus pechos con la boca y acaricia su cabello rubio que le recuerda el Sol, el oro, la paja, una muñeca con cabello rubio.
- ¿Quieres ser el objeto de mi deseo? – dices casi murmurando – ella asiente y la despojas de sus demás prendas dejando para el ultimo sus bragas. Ya sin ellas Vor acaricia con las pestañas el delicado clítoris y pregunta si ella siente ese cariño para luego introducir no uno sino dos dedos que encuentran una carne elástica y húmeda en moderación, cuestión que se intensifica al proceder de lengua quisquillosa y conjuntamente Arlette tiene un orgasmo. Se contonea por la electricidad que recorre todo su cuerpo hasta la punta de los pies. Su cianótico iris parcialmente cubierto por los párpados y su voz melosa que halaga los labios de su amante ya con todos los sentidos despiertos hacen el amor una vez más, gozosos, entregados a su pasión espontánea, implosiva.
De los deseos más ínfimos ¿Cuál es el que de alguna forma suprime la razón abrumando los sentidos y nos convierten un animal hedonista? El ritual en el cual son participes los amantes y se manifiestan en sus cuerpos y sus mentes es un ritual de rebelión por medio del erotismo, esta rebelión invoca a la inmortalidad, al amar probamos un instante de lo que sería el infinito y burlamos el destino por un segundo e intentamos en esa alquimia corporal vencer al tiempo y de ahí la necesidad del ser humano en convertir lo gregario, en fraternal, del acto privado, en orgía, del placer a la aberración.
Esa noche despertaron abrazados. Vor moría de frío en la casa de campaña y nunca fue su intención usar ese cuerpo humano que yacía a su lado como un manto térmico. Fue así que se cobijó primero los brazos luego las piernas, luego la boca, por último su tieso miembro que encontró el más cómodo de los alojamientos dentro de Arlette que supuraba ya néctar de entre sus piernas. El movimiento de las caderas de Vor sa sigiloso, acelerado como conejo en ascuas observando el cielo mientras se aparea para no ser sorprendido por el ave rapaz en esa madrugada fría estival. Todavía en la ensoñación, en el encanto del sueño veía a su amada tan cercana a él y en su corazón apareció una grieta pues el acto estaba basado en algún sortilegio químico del cuerpo y no algo trascendental como símbolo de unidad. Aún así entrar en ella te producía un cosquilleo y un furor adictivo. Ella postrada con el trasero al aire, él sudoroso, ansioso casi beligerante. Minutos que pudieron ser horas, Vor salió de la casa de campaña observando una última brasa que consumía una débil llama, signo de la noche anterior donde se reunieron con varios amigos. Estaban en el aire las pláticas improvisadas, las risas incontenibles, las pláticas sin sentido alguno, la comida orgánica y de estos restos tomo un par de champiñones frescos y los untó con queso crema una delicia de antología. Se recostaron en la hamaca y la primera caricia los invadió de una oleada de calor que empezaba en el bajo vientre y terminaba en los sexos hambrientos. Entraron a la casa y en el colchón de aire copularon como si no hubiera mañana, también en la regadera y otra vez en el colchón. La tarde anunció su culminación con un destello de azul y se quedaron dormidos. Javier soñó con su familia, todos reunidos en una fiesta dominical, incluso Arlette. Se olvidaba hambre, miedo, cotidianidad. Ella silenciosa, complaciente, inexpresiva su cuerpo respondía a las embestidas rítmicas, logrando penetrar con profundidad, rozando los bordes de su interior, probando su boca como si fuera una fruta jugosa.
Cayó la noche y compraron vino y cervezas. Tomaron, rieron y jugaron. Se besaron, se acariciaron, se hicieron el amor y a media noche ella insistió a tomar aire, a caminar por el pueblo. Vor accedió ya dentro de un sopor etílico, desinhibido casi soberbio. Tomados de las manos, salieron de la casa. Las calles estaban desiertas y al caminar solo encontraron media docena de perros reunidos y tomaste unas piedras por protección pero uno de los perros se acercó a ellos y Javier acarició su cabeza de ahí el perro los siguió un par de calles más y desapareció. Se estaban acercando al cerro del Tepozteco, tan mágico y misterioso. En una de las calles un caballo y sus potrillos les cortaron el paso al galopar suavemente después encontraron un camino que los llevaba a la parte ya despoblada. Avanzaron y en Vor se concibió el impulso de tener a Arlette una vez más pero ahora en el exterior, ella estaba a la expectativa tenía miedo. Se dejó acariciar ajena a la lujuria latente y Vor hurgaba sus senos, palpaba su sexo, buscaba encender la pasión ahí en la intemperie. De pronto de entre esa maleza llena de sombras se escucho un gruñido. Un gruñido demasiado gutural para ser de perro y lleno de furia contenida, casi con personalidad como si fuera una advertencia. En un segundo las conjeturas mas lógicas fue pensar que era uno de esos perros noctámbulos pero sin hacer ningún ruido y movimiento se quedaron inmóviles. De donde provenía el gruñido solo había sombras de maleza. No estaba tan oscuro, se podían identificar siluetas de arboles grandes, medianos, arbustos pero en ese lugar no había nada, el gruñido fue absolutamente infrahumano como el deseo de Vor por Arlette. Vor ebrio y soberbio retó al viento y como no tuvo respuesta siguió asediando a su pareja que se mantenía inerte ya sea por miedo o por estar alerta y mientras Vor acariciaba sus senos ella mortificada murmuraba el irse de ahí. De la noche se había manifestado un fenómeno difícil de explicar con muchas connotaciones. La realidad es que Vor algún día encontraría a ese demonio que le advirtió sobre su sexualidad torcida que debe reservarse a la privacidad del hogar no a la naturaleza caótica, indescriptible y muchas veces peligrosa.
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